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*Gran articulo que expone la dimensión del tema, y el por que el NWO no lucha en su contra…

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02.08.2017
Rusia
China
Sergio Fernández Riquelme

A finales de 2016, desde Occidente se anunciaba el fin de la recién creada Unión económica euroasiática (EAEU, o también EEU). La crisis económica de Rusia (su gran patrocinadora), los conflictos comerciales puntuales entre sus miembros o la limitación de su desarrollo institucional; estos eran los motivos esgrimidos para tal anuncio. Pero la firma conjunta del Código de aduanas en 2017 finalmente, los amplios acuerdos comerciales alcanzados con Vietnam e Irán, la participación de la misma en la nueva y grandilocuente “ruta de la seda” patrocinada por China, y la adhesión de Moldavia como estado observador (por iniciativa de su presidente Igor Dodon, y con mayoritario apoyo popular según las encuestas), mostraban la fortaleza de una organización política y económica que pretendía ser un actor destacado en el futuro mundo multipolar. Y como señalaba el presidente ruso Vladimir Putin:

“Debo decir que nuestra cooperación en el marco de la Unión Económica Euroasiática (EAEU) ha ido creciendo con éxito. Trabajando juntos, hemos avanzado en la creación y el fortalecimiento de nuestro gran mercado común con las mismas reglas para todos los operadores económicos. Podemos decir con confianza que nuestro mercado común nos ha protegido como una red de seguridad contra la situación de desventaja en los mercados internacionales, como se ha dicho hoy. La integración de nuestros institutos han ayudado a reducir la negativa influencia externa y dar a las economías nacionales una oportunidad para adaptarse a las nuevas realidades. Esto es un hecho” (Supremo Consejo euroasiático, 14/04/2017).

El 1 de enero de 2015 había entrado en vigor el Tratado de la Unión económica euroasiática (EAEU). Rusia, Bielorrusia y Kazajistán firmaron el documento fundacional, al que posteriormente se adhirieron Armenia y Kirguizistán, naciendo una organización supranacional que pretendía crear un espacio de colaboración institucional, económica y política de las antiguas repúblicas soviéticas, pero abierto a todo el espacio geopolítico de Eurasia. Sobre la primera experiencia de la “Unión aduanera” (2010), la EAEU surgió como alternativa a la que los líderes fundacionales (Putin, Lukashenko y Nazarbayev) consideraban amenazante expansión de la Unión europea en sus fronteras, tanto a nivel de competencia económica como de intromisión política. Tras la primera tentativa del presidente kazajo sobre la base de la CIS postsoviética, la Rusia de Vladimir Putin impulsó esta organización de manera decidida a principios del siglo XXI, y a la que finalmente no se unieron tres candidatos fundamentales (Ucrania, Georgia y Moldavia), que fueron cooptados por el mundo euroatlántico.

183 millones de habitantes, más de 4 billones de PIB, 20 millones de kilómetros cuadrados de extensión (cerca del 15% de la superficie terrestre), el 20% de las reservas de gas y el 15% de petróleo a nivel mundial. Estos eran los datos de una nueva organización, de enorme potencial, que en un primer paso creaba una estructura de dirección (Comisión general en Moscú, Tribunal en Minsk y el Banco de desarrollo en Almaty) y un mercado único limitado sobre cuatro libertades: de bienes, capitales, servicios y de personas; y que planteaba una mayor integración futura sobre los vectores de la unión monetaria, el espacio aéreo común o la política energética compartida.

Ucrania iba a ser la “joya de la Corona”. Un enorme país, estrictamente europeo y densamente poblado, que en 2013, de la mano de su presidente Viktor Yanukovich, firmó un acuerdo económico-político pensando en su próxima participación en la inminente fundación del modelo euroasiático. Pero su derrocamiento, tras la llamada “Revolución del Maidán”, apartó a la nación ucraniana de este camino integrador (al que si se quieren sumar las regiones rebeldes y prorrusas de Donetsk y Lugansk), en beneficio de la adhesión europea-comunitaria. Pese a este inconveniente, y a las presiones occidentales por evitar su nacimiento, primero obligando a las naciones exsoviéticas a adherirse a la UE (con el Acuerdo de Asociación Oriental), y después con las sanciones a Rusia por el conflicto de Ucrania, la Unión euroasiática comenzó su desarrollo, aspirando a convertirse en referente regional, polo de atracción a otros países, y modelo de desarrollo social y humano. Cinco países ya integran la EAEU, y naciones como Vietnam, Irán, Egipto, Pakistán, Brasil, Turquía o Venezuela ya han comenzado a colaborar con la EAEU de manera estrecha, así como se demuestra el interés de diversos partidos políticos de la Europa occidental y central en que sus países participen (Hungría, Serbia, Grecia, Eslovaquia o Francia).

Desde los ejes de poder euroatlánticos se denunciaba que este proyecto era una mera coartada de Moscú; en realidad suponía, simplemente, un medio del Kremlin para resucitar la antigua URSS, y con ello, la influencia rusa en su antiguo espacio vital. Los datos y declaraciones descartan empíricamente la primera afirmación, pero subrayan la segunda. Como es lógico, Rusia busca bajo el mandato de Putin mecanismos legítimos de expansión de sus esferas de poder e influencia, y de colaboración con sus socios regionales, lo que supone, superando el agotado nacionalismo paneslavo o eslavófilo del siglo XIX y el derrumbado internacionalismo comunista del siglo XX, recurrir a la naciente realidad geopolítica de Eurasia. No solo porque el inmenso mundo asiático esté en boga en plena Globalización (desde la nacionalista China a la tecnológica Singapur, desde la expansiva Irán a la emergente India) por su crecimiento económico y demográfico, y al que Rusia no puede obviar. Sino sobre todo, porque Rusia ha descubierto de nuevo su vocación de civilización original entre una anciana Europa (demográfica  e ideológicamente hablando) que la rechaza y una joven Asia que demuestra innumerables oportunidades, entre un pasado glorioso sin perspectivas y un futuro que cada día se hace inevitable.

Organización y realidad geopolítica que apelaba al denominado “espacio vital euroasiático”. Pero este espacio era o debía ser algo más: una  esencia identitaria y soberana que superaba sus supuestos límites territoriales, que intenta descifrar la emergente teoría del Euroasianismo, de la mano de Aleksandr Duguin o Leonid Savin (más allá de los primeros teóricos euroasiáticos como Savitsky, Trubetzkoy o Gumilev). Teoría de amplia perspectiva doctrinal y esencial realidad polémica, como Teoría del Mundo multipolar o como Cuarta teoría política, que partiendo del diferencial territorio de referencia y superando las meras cooperaciones socioeconómicas, definía “lo euroasiático” como modelo de referencia para la independencia de los pueblos en el necesario mundo multipolar, desde su identidad secular y su soberanía nacional. Así, desde el neotradicionalismo antiliberal (“las esencias propias” ante la “modernidad del Oeste”) y la notable incidencia intelectual antioccidental (tomando la dialéctica de Carl Schmitt, entre el Imperio de la tierra, continental, y el Imperio de los mares, euroatlántico), para Duguín suponía, más allá de ese lógico espacio geográfico, una “visión especial del mundo“:

“Eurasia significa no sucumbir a las pretensiones de universalidad de Occidente, rechazando su hegemonía e insistiendo en que nadie tiene el monopolio de la verdad, especialmente no Occidente. Eurasia es la posibilidad para los pueblos y las civilizaciones de seguir su propio camino y, si la lógica del camino lo exige, no sólo un camino no occidental, sino incluso un camino antioccidental. Esto es Eurasia” (Geopolitica, 17/05/2017).

A mitad de camino de dos mundos, la EAEU supone, por ello, tanto una organización concreta de cooperación regional como un paradigma de desarrollo social y humano en el siglo XXI, frente a la plausible inminencia de la “decadencia del liberalismo occidental” ante los retos del nuevo orden global (de la crisis medioambiental por él provocada a los enormes flujos migratorios de países destruidos por su misma acción). Los países miembros de la EAEU conocían la lección: procedían de una etapa histórica trágica donde vivieron el fin del centralismo represor del Estado soviético y una posterior y durísima transición al Mercado capitalista que estuvo cerca de acabar con la propia identidad de estas naciones y su misma supervivencia productiva y demográfica (en especial en Rusia, bajo la presidencia de Boris Yeltsin).

De esta manera, y en el campo de la Política social, la EAEU aparece como uno de los posibles modelos de desarrollo humano en el siglo XXI, al haber experimentado lo mejor y lo peor de dos grandes sistemas quizás más cercanos, en sus pretensiones de monopolio ideológico, de lo que la historiografía señala: poniendo en valor los principios tradicionales capaces de afrontar las exigencias de la actual aceleración del tiempo histórico y el cambio de mentalidades asociado, en especial por el impacto de la revolución tecnológica y la mutación de las identidades comunitarias.

Por ello, y desde un punto de vista geopolítico, más que una simple organización económica, la EUEA es una verdadera y nueva “visión del mundo”; un modelo de desarrollo político-social alternativo al dominante sistema liberal-progresista occidental (y occidentalizador) hegemónico mediante la masiva propaganda de masas, combinando el respeto de la soberanía de las identidades nacionales y la colaboración interregional, la defensa de los valores tradicionales y el más puntero desarrollo tecnológico. Como señala Leonid Savin la EEU “representa una plataforma para generar nuevas ideas, tendencias y soluciones para desarrollar no sólo la cooperación económica, sino también mejorar la cooperación humanitaria entre los países del espacio económico eurasiático”, desde una“meta-identidad” construida sobre valores colectivos, orgánicos y soberanos, diferente del individualismo liberal (Geopolitica, 29/05/2017). Así sus puntos básicos como modelo, que la historia prospectiva determinará la valoración en evolución final, serían:

1. La dimensión central parte del estricto respeto de la independencia política, la soberanía nacional y la idiosincrasia cultural de cada estado miembro.

2. Su dimensión organizativa supone un espacio de colaboración económica e institucional sometido a la toma de acuerdos multilaterales internos, y abierto para cada miembro a la cooperación en otras iniciativas bilaterales externas.

3. La dimensión internacional se centra en la defensa de un mundo multipolar opuesto a la dominación euroatlántica (desde el formato BRICS a la citada “ruta de la seda” prochina).

4. La dimensión política se liga a la convergencia de sistemas de “democracia soberana” (no liberal) basados en la autoridad, la jerarquía y la estabilidad.

5. Su dimensión económica nos habla del desarrollo de un “capitalismo de Estado” capaz de conciliar el papel director de lo público y las iniciativas controladas del sector privado, con una economía al servicio del colectivo.

6. La dimensión educativa y cultural impele al desarrollo equilibrado entre las creencias tradicionales y la modernización tecnológica, formando a los ciudadanos en el respeto a la identidad y el aprecio a la patria.

7. Su dimensión social hace referencia a la primacía de la “comunidad orgánica”, desde la protección de las estructuras y valores de la Familia natural y la Moralidad pública, como elemento de cohesión social y crecimiento poblacional.

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