12.05.2017

José Alsina Calvés

La civilización como etapa terminal de la Cultura en Spengler.

Alexander Dugin propone como alternativa a la globalización y al mundialismo la construcción de grandes espacios autocentrados que coincidan con las grandes civilizaciones. Nosotros pensamos que esta propuesta contiene dos aspectos que es necesario aclarar: en primer lugar el concepto de “civilización” desde un punto de vista de teoría de la Historia; en segundo lugar el aspecto geopolítico del concepto de “gran espacio”. En este artículo intentaremos analizar estos temas.

I. Sobre el concepto de “civilización”

Dugin no ha sido el primero en referirse al concepto de civilización. Muchos autores que han trabajado cuestiones relativas a la Filosofía de la Historia o de Metahistoria han usado este concepto, aunque no siempre con el mismo significado. En este apartado haremos un somero análisis de la historia del concepto de civilización, para centrarnos después en lo que este significa en la Cuarta Teoría Política (en adelante CTP).

La civilización como etapa terminal de la Cultura en Spengler.

Oswald Spengler publicó el primer tomo de su obra capital, La Decadencia de Occidente, en 1918 [1]. El libro pretende ser una filosofía de la historia. Las distintas culturas se equiparan a organismos vivos, con un nacimiento, un desarrollo, una decadencia y una extinción. Para Spengler la civilización es el destino de toda cultura [2]. Es la etapa final y larga de decadencia que se caracteriza por el predominio del intelecto sobre el alma, por la ciudad sobre el campo, por la centralización y la burocratización.

Sin embargo, como cada cultura es única e irrepetible, cada cultura tiene su civilización propia. Así para Spengler, el mundo romano corresponde a la civilización de la cultura griega, y la civilización técnica es la que corresponde a la decadencia de la cultura Occidental, lo que da nombre a su libro.

Esta distinción entre cultura y civilización, en la que la última corresponde al estado final y decadente de la primera, es original de Spengler, y no ha sido compartida por el resto de autores que han escrito sobre estas cuestiones, para los cuales los términos de cultura y civilización han sido prácticamente sinónimos.

A nuestro entender las grandes aportaciones de Spengler hay que buscarlas en otro lado. Por un lado tenemos su concepción pluralista de las culturas, según la cual cada cultura es única e independiente. Usando la terminología de Kuhn para las teorías científicas [3]podemos decir que las culturas son “inconmensurables”, y, por tanto, no se puede juzgar a una con los criterios de otra.

Otra gran aportación de Spengler se refiere a la coherencia interna de toda cultura, donde todos sus elementos están relacionados en una misma estructura. Así, para Spengler, la matemática griega, escindida en aritmética y geometría, refleja el carácter no histórico de esta cultura y es congruente con su arquitectura, sus artes pláticas y su teatro. La fusión de aritmética y geometría que realiza Descartes nos muestra que estamos en otra cultura, y prepara la matematización de la física y la posibilidad de una técnica que muestra el carácter “fáustico” de la cultura europea.

La concepción del tiempo en Spengler no es lineal, sino cíclica. Ello le lleva a una especie de fatalismo en el desarrollo de las culturas y una posibilidad de predecir la historia. Cada cultura tiene rasgos característicos, pero al final acaban pasando por una evolución paralela que hace posible distinguir en ellas fases equivalentes.

Las civilizaciones como unidades de estudio histórico en Toynbee

Arnold Toynbee empezó a publicar su obra monumental, Un estudio de la Historia, en 1926. La obra consta de 10 volúmenes [4]. Las civilizaciones son descritas como auténticas unidades epistemológicas en el estudio de la historia, y la tesis de la “unidad de la civilización” es rechazada de forma explícita [5].

Toynbee distingue hasta diecinueve civilizaciones, muchas de ellas relacionadas como “paternas” o “filiales” (como es el caso de la civilización Helénica y Occidental) : la Occidental, la Ortodoxa, la Iránica, la Arábica (estas dos unidas en la Islámica), la Hindú, la del Lejano Oriente, la Helénica, la Siríaca, la Índica, la Sínica, la Minoica, la Sumérica, la Hitita, la Babilónica, la Egipcíaca, la Andina, la Mejicana, la Yucateca y la Maya [6].

Toynbee fue director de estudios del Real Instituto de Asuntos Internacionales del Reino Unido. Más allá del interés académico su obra hay que contextualizarla en el creciente interés por la geopolítica en una potencia colonial como Inglaterra, cuyas posesiones e intereses se ramificaban por todo el mundo y que interactuaban con civilizaciones muy diversas [7].

En Toynbee encontramos, al igual que en Spengler, una cierta contradicción, al señalar por una parte el carácter único de cada civilización, pero por otro su sumisión a unos ciclos que se repiten, lo cual hace posible una cierta homologación de las civilizaciones. Para Toynbee [8]el culmen de una civilización se alcanza con la fase de “Estado Universal” (en la civilización Helénica sería el Imperio Romano), que empieza a ser amenazado por un proletariado interior (los cristianos) y por un proletariado exterior (los pueblos germanos). A la caída de este Estado Universal sigue un periodo de transición o interregno, caracterizado por caos, confusión y anarquía, hasta que surge una nueva civilización.

Toynbee, aunque no distingue entre “cultura” y “civilización” como Spengler, comparte con él una idea cíclica de las civilizaciones, que hace que estas puedan ser comparadas y homologadas, al pasar por estadios similares.

La Metahistoria como Ciencia de la Cultura en Eugenio D’Ors.

La Ciencia de la Cultura es una obra interesantísima e inacabada de Eugenio D’Ors que se publicó años después de su muerte [9], donde se reúnen escritos de cursos y conferencias impartidas en la Escuela de Bibliotecarias de Barcelona, la Escuela Social de Madrid, la Cátedra Luis Vives de la Universidad de Valencia, la Facultad de Letras de Burdeos, la Universidad de Ginebra, el Ateneo de Cádiz y la Universidad Católica de verano de Santander.

D’Ors de plantea el problema de pasar de una Filosofía de la Historia a una Metahistoria o Ciencia de la Cultura. Razona que para que la historia pueda ser considerada objeto de una conocimiento auténticamente científico hay que hallar en ella elementos constantes, más allá de lo pasajero, contingente y azaroso. Para los autores antiguos la historia no podía considerarse una ciencia, porque se ocupa de lo empírico y singular. Pero en la historia hay algo que escapa a la contingencia por ser constancia [10]. D’Ors traza una metáfora biológica al comparar estos elementos constantes con los genes de Mendel o el plasma germinal de Weissman [11]. A estos elementos constantes de la historia los llama eones [12].

D’Ors define al eon como “una idea que tiene una biografía”. Al eon de la Unidad, del Ecúmeno, de Roma o del Imperio se opone el eon de la Dispersión, del Exótero, de Babel, de las naciones. Al eon de la Cultura el de la Barbarie o la Prehistoria; al de la Tradición el de la Revolución, al del Sindicato el de la Anarquía [13].

Con su teoría de los eones D’Ors impugna cualquier visión progresiva y lineal de la historia. Sin embargo su visión de la cultura es unitaria. En este sentido hace un distingo entre los conceptos de “cultura” y “civilización”, pero en un sentido distinto de Spengler: hay una Cultura única, y diversas civilizaciones que corresponden a la manera como pueblos distintos han desarrollado esta Cultura [14].

Civilización y tiempo

La mayoría de estas concepciones de las civilizaciones (D’Ors seria quizás una excepción) parten, incluso sin saberlo, de una concepción newtoniana [15] (y por tanto moderna) del tiempo. El tiempo es independiente de los sucesos que ocurren en él, pero los sucesos no son independientes del tiempo.

La originalidad de Dugin es que parte de una idea heideggeriana y no newtoniana del tiempo. El ser humano es el Dasein (ser-ahí) y es a la vez ser-en-el-mundo y ser-en-el tiempo. Pero este “en” no hay que entenderlo en el sentido de “estar colocado en” como colocamos un libro en una estantería. Al decir que el Dasein es ser-en-el-mundo queremos decir que no podemos concebir al Dasein sin el mundo, ni el mundo sin el Dasein. Al decir que el Dasein es ser-en-el-tiempo queremos decir que no podemos concebir al Dasein fuera de la temporalidad, pero tampoco podemos concebir a la temporalidad sin el Dasein.

Para Dugin el Dasein no está en función del tiempo, sino que el tiempo está en función del Dasein [16]. Por tanto no es el tiempo que determina al Dasein, sino el Dasein el que determina el tiempo. No hay “progreso” ni sentido de la historia. No hay ni siquiera ciclos que se van repitiendo. La historia es el espacio de libertad del Dasein colectivo. En la sociedad actual el tiempo es lineal y progresivo, pero en otras sociedades puede ser cíclico, o regresivo.

En la década de los 60 y de los 70 mucha gente pensaba que a la sociedad capitalista seguiría una socialista. En los años 90 vimos todo lo contrario: en Rusia a una sociedad socialista siguió otra capitalista. En los años 60 y 70 la mayoría de la gente pensaba que las conquistas sociales de los trabajadores europeos (Estado del Bienestar, seguridad social, convenios colectivos) eran ya algo irrenunciable. En el siglo XXI, de la mano de la globalización y de la crisis económica, estamos asistiendo a la destrucción del Estado del Bienestar, a la privatización de la sanidad, a bajadas masivas de salarios y a un empeoramiento general de las condiciones de trabajo.

Esta concepción no moderna del tiempo se conjuga en el pensamiento de Dugin con un rechazo a la ideas de universalidad de la civilización.

Civilización como concepto ideológico

El concepto y el término “civilización” aparecen estrechamente ligados a la teoría del progreso [17]. El desarrollo humano se concibe de forma progresiva e unidireccional y el ser humano se presenta como fenómeno universal. En este contexto “civilización” se entiende y concibe como una etapa en el desarrollo de la humanidad, a la que se llega después de haber superado la “barbarie”, que a su vez vino después del “salvajismo”. Hay que señalar que las cualidades que se atribuyen a esta “civilización”, entendida como fenómeno universal, curiosamente coinciden con la civilización occidental, y más exactamente, anglosajona.

Según este esquema no todos los pueblos han avanzado al mismo ritmo: algunos (los blancos occidentales y más concretamente los anglosajones) han llegado antes a la “civilización” (parlamentarismo, revolución industrial, derechos humanos), y esto les da el derecho y el deber de acelerar la marcha de la historia en los pueblos que están aún en la “barbarie” y el “salvajismo”. Este desprecio racista por otras civilizaciones ha sido el fundamento ideológico del colonialismo inglés primero, y del “destino manifiesto” de los Estados Unidos después.

Frente a este significado histórico-temporal, en el que se considera a la civilización como un estadio del desarrollo humano en su conjunto, hay otro que da al término civilización un sentido territorial. Una civilización determinada necesita un área amplia de difusión. En este sentido civilización coincide con Imperio, no como una disposición política o administrativa, sino como una propagación activa de influencias de los centros de civilización hacia los territorios circundantes o periféricos.

En su expansión la civilización o Imperio topa con otras civilizaciones. Este topar suele originar guerras y conflictos (el caso de la península Ibérica, donde durante toda la Edad Media se enfrentaron dos grandes civilizaciones, la cristiana y la musulmana y terminó con la victoria de la primera y la fundación de Hispania), pero también puede llevar al reconocimiento de la pluralidad de civilizaciones.

A pesar de que el término civilización puede tener diversas lecturas no hay duda de que es un concepto impregnado del espíritu de la Ilustración, de historicismo y de progresismo. La confianza en el desarrollo progresivo de la historia en una trayectoria universal de la humanidad está de acuerdo con la lógica del desarrollo del salvajismo a la civilización. Los llamados “filósofos de la sospecha”, Nietzsche y Freud, empezaron a poner en duda este axioma. Ya en el siglo XX Heidegger, los existencialistas, los estructuralistas y, en general, los llamados filósofos postmodernos lo hicieron pedazos.

En este sentido hay que señalar que la posición crítica de Dugin, y de los tradicionalistas en general, con respecto al concepto progresista de civilización, converge con la de muchos filósofos contemporáneos como Levi-Strauss, Barthes, Ricoeur, Foucault, Deleuze o Derrida.

Para Paul Ricoeur el hombre y la sociedad están formados por un componente racional-consciente (la “superestructura” de Marx, el “ego” de Freud) y un componente inconsciente (la “estructura” de los estructuralistas, la “voluntad de poder” de Nietzsche). Aunque una visión superficial pueda dar a entender que el ser humano progresa desde el inconsciente al reino de la razón, una mirada más cercana evidencia la importancia del “mito”, la irracionalidad y los impulsos en la conducta humana, tanto a nivel individual como social.

La civilización no elimina el “salvajismo” y la “barbarie”, sino que se basa en ellos, transfiriéndolos al terreno de lo inconsciente. Esto explica el notable divorcio entre las pretensiones de la razón ilustrada, de una existencia harmoniosa y pacífica, y la realidad, llena de guerras, genocidios, opresiones, arrebatos salvajes de terror y trastornos psicológicos serios. Basta una crisis, una catástrofe, un peligro inminente para que en una sociedad “moderna” y civilizada afloren los terrores irracionales, los comportamientos salvajes y la crueldad.

Dugin, en línea con la tradición crítica, el estructuralismo y, en general, la filosofía posmoderna, rechaza la interpretación diacrónica o por fases de la civilización, propia de las filosofías progresistas del siglo XIX, y apuesta por una interpretación sincrónica [18]. La civilización no viene en lugar del salvajismo y de la barbarie, ni después de ellas, sino con ellas y continúa conviviendo con ellas.

Deconstrucción de la civilización

Es habitual considerar como principal característica de la civilización su “universalidad inclusiva”, es decir la apertura a aquellos que quieran unirse a la misma desde el exterior [19]. Su antítesis seria la “particularidad excluyente”, característica de las sociedades tribales, en periodos anteriores a la civilización.

Pero estas pretensiones ecuménicas se han confrontado constantemente con el hecho de que, más allá de las naciones “bárbaras”, existen otras civilizaciones con sus propias variantes del universalismo. Aquí aparece una contradicción: o cada civilización admite que su pretensión de universalidad es infundada, o tiene que incluir a las otras civilizaciones en la categoría de “bárbaras”.

Como regla general la “civilización” actúa desde el principio de la exclusión, y considera que la “otra civilización” es defectuosa, bárbara o herética. Es la transferencia del antiguo etnocentrismo tribal a un nivel de generalización mayor. En la práctica los supuestos de inclusividad y universalismo se convierten en exclusividad y particularismo.

El sistema tribal se basa en la iniciación, a través de la cual el neófito es informado acerca de los fundamentos de la mitología tribal. En las grandes civilizaciones esta misma función era desempeñada por las instituciones religiosas y, en la actualidad, por la educación universal, claramente ideológica. Los neófitos aprenden los mitos de la modernidad en otras condiciones que se aprendían los fundamentos de la mitología tribal, pero su valor operativo es el mismo.

Una rápida “deconstrucción” de la civilización demuestra que las pretensiones de superación de las fases previas de “salvajismo” son meras ilusiones. En las grandes civilizaciones se repite, en un nivel diferente, el arquetipo de los sistemas morales y de comportamiento de los supuestos “salvajes”. La única diferencia está en la complejidad y en la extensión.

Civilización como concepto sincrónico y plural

No hay pues pueblos “civilizados” y pueblos “salvajes”, lo que hay son civilizaciones distintas. Los que llamamos “salvajes” suelen ser pueblos de civilizaciones más sencillas y reducidas en el espacio, y “frías”, en el sentido de Levi-Strauss, es decir, conservadoras ante el paso de la historia. El auténtico “salvajismo” lo podemos encontrar únicamente en los confines de las grandes civilizaciones en decadencia, que producen individuos nihilistas, sin valores ni normas de ninguna clase.

Las civilizaciones son “inconmensurables”, es decir, como no existen criterios ni valores objetivos, situados “fuera” de las civilizaciones, no se puede hablar nunca de que una civilización sea “superior” a otra. Cuando se juzga una civilización con los criterios y valores de otra la primera aparece siempre como “inferior” o incompleta.

En la actualidad, la globalización hace que se tomen los valores de una civilización concreta, la occidental-atlántica (derechos humanos, sufragio universal, economía de mercado) como valores únicos que el resto del planeta debe adoptar. Los grupos humanos que se resisten a adoptar estos valores, considerados “universales”, se consideran bárbaros, “atrasados” y salvajes.

La única alternativa a esta posición, claramente racista, es considerar el concepto de civilización como un concepto plural, desarrollado de forma sincrónica. Estas civilizaciones, asociadas a territorios concretos y, normalmente, a la distribución geográfica de las grandes religiones, pueden relacionarse de forma pacífica si renuncian a su pretendida universalidad.

¿Cómo construir el entendimiento sincrónico y plural de las civilizaciones? Para ello debemos recurrir a nuevos conceptos, como los que aporta la geopolítica.

II. Geopolítica de los grandes espacios

Antes de estudiar el concepto de Dugin sobre los grandes espacios vamos a introducir algunos de los elementos de la geopolítica, así como su desarrollo histórico.

La historia de la geopolítica se remonta al geógrafo alemán Friedrich Ratzel (1844-1904) y sus intentos de crear un puente entre las ciencias naturales con las políticas y sociales. Influido por el darwinismo, publicó en 1879 el libro Geografía Política donde interpretaba los datos de la geografía y la antropología a la luz de la selección natural y la evolución.

Discípulo de Ratzel fue el sueco Rudolf Kjellen (1864-1922) que utilizó por primera vez el término “geopolítica”. Profesor de la Universidad de Upsala, publicó en 1916 El Estado como forma de vida en el cual describía al Estado como un organismo partiendo de una biología social y no de una simple mecánica [20].

Para ambos autores, el Estado, concebido como un organismo, tiene todas las características biológicas. Si un organismo es algo más que una suma de órganos o una suma de células, el Estado es más que “la suma de los ciudadanos”. Analogías parecidas encontramos en Jacob von Uexküll [21].

Otra figura destacable de la geopolítica es el inglés Halford J. McKinder (1861-1947), creador del concepto de Heartland (corazón de la Tierra), muy utilizado por Dugin. Sin embargo la figura clave en el desarrollo de la geopolítica fue el alemán Karl Haushofer (1869- 1946).

Karl Haushoffer

Nació el 27 de agosto de 1869 en Múnich y eligió la carrera militar [22]. En 1890 es ya oficial de artillería en la armada bávara, y se casa con Martha Mayer-Doss, mujer de origen judío, lo que más tarde le va a dar problemas políticos con el régimen nacional-socialista.

En 1904 es ya profesor de la Academia de guerra, y en 1908 es enviado al Japón para organizar allí la armada imperial. De su experiencia japonesa publicará su primer libro en 1913, Dai Nihon (el Gran Japón). Estudia geografía en la universidad de Múnich, donde presentará su tesis doctoral sobre los mares internos del Japón en 1919.

Gran amigo de Rudolf Hess, colaborará con el NSDAP y con el régimen nacional-socialista, pero pronto surgirán diferencias. En 1944 es detenido e internado en Dachau. Su hijo Albretch, que había ocupado cargos importantes en la diplomacia alemana, es asesinado por los nazis. A pesar de todo ello, concluida la II Guerra Mundial, las autoridades de ocupación americanas le retiran su título de profesor honorario y su derecho a una pensión. Junto con su esposa se suicidó el 10 de marzo de 1946.

Haushoffer abogó por la superación de los pequeños nacionalismos y por la construcción de grandes espacios continentales. Trabajó por la colaboración de europeos, rusos y japoneses en la formación de una gran alianza euroasiática, cerrada a la influencia inglesa y americana.

Realizó un importante trabajo teórico sobre las fronteras. Para Haushoffer las fronteras son fenómenos biogeográficos, que deben ser pensadas, concebidas y trazadas con un enfoque pluridisciplinar y no meramente jurídico.

Haushoffer abogó no solamente con la alianza alemana con Japón, sino por el apoyo activo a los pueblos sometidos al Imperio Británico (árabes, hindúes) en una alianza contraria al Imperio Talasocrático [23] representado por Inglaterra y, después, por Estados Unidos. Los prejuicios racistas de Hitler y otros dirigentes del NSDAP no vieron con buenos ojos estas propuestas. Hitler estaba obsesionado por conseguir una alianza con Inglaterra, pues consideraba “arios” a los ingleses, mientras que despreciaba a los asiáticos e incluso a los eslavos, a los que consideraba “razas inferiores”.

Civilizaciones de la Tierra y del Mar

La idea de la existencia de civilizaciones Telúricas (o de la Tierra) y Talasocráticas (o del Mar) es muy importante en las ideas geopolíticas de Dugin [24] pero no es original suya. Ya la encontramos en Haushoffer y, sobretodo, en Carl Schmitt [25].

Para Dugin las llamadas civilizaciones de la Tierra se caracterizan por una serie de ítems ideológicos y sociológicos: Conservadurismo, Holismo [26], Antropología Colectiva y culto a los valores del ascetismo, el honor y la lealtad. Son civilizaciones enraizadas a la tierra y los valores de la tradición y la continuidad. En contraste, en las civilizaciones del Mar predominan los valores individualistas, universalistas y comerciales. El Océano no tiene fronteras y el navegante pierde con facilidad sus raíces. En la antigüedad, la oposición Roma (la Tierra) frente a Cartago (el Mar) es un buen ejemplo de esta dualidad. En la modernidad Inglaterra es un ejemplo prístino de civilización Talasocrática, así como EEUU a partir de un cierto momento de su historia.

Para Dugin [27] Rusia ha sido siempre una civilización de la Tierra. Desde el Rus de Kiev, el Zarato Moscovita, la URSS o la actual Federación Rusa, por encima (o por debajo) de las diferencias políticas, hay un conjunto de rasgos comunes en el transcurso de la historia política rusa. Todo ello ha llevado a Rusia a un enfrentamiento continuo, tanto a nivel ideológico como geopolítico, con las civilizaciones “del Mar”. La Guerra Fría y el actual enfrentamiento de la Rusia de Putin con EEUU y sus aliados son buenas muestras de este enfrentamiento, aunque con motivaciones políticas y propagandísticas distintas.

El Heartland o “Corazón de la Tierra”

El concepto geopolítico de Heartland fue introducido por Mackinder [28], y ligado a la existencia geográfica de cuencas endorreicas, es decir, grandes cuencas fluviales que desembocan en mares cerrados (Mar Caspio, Mar Negro). Heartland procede del inglés heart (corazón) y land (tierra), siendo quizás “tierra nuclear” o “región cardial” las traducciones castellanas más aproximadas. El Heartland es la suma de una serie de cuencas fluviales contiguas cuyas aguas van a dar a cuerpos acuáticos inaccesibles para la navegación oceánica. Se trata de las cuencas endorreicas de Eurasia Central más la parte de la cuenca del Océano Ártico congelada en la Ruta del Norte con una capa de hielo de entre 1,2 y 2 metros, y por tanto impracticable buena parte del año ―salvo para rompehielos de propulsión atómica (que sólo la Federación Rusa posee) y similares embarcaciones

La regla de oro de Mackinder podría traducirse como “Quien una a Europa con el corazón de la tierra, dominará el corazón de la tierra y por tanto la Tierra”. El Heartland carece de un centro neurálgico claro y puede definirse como un gigantesco y robusto cuerpo en busca de un cerebro. Dado que entre el Heartland y Europa no hay barreras geográficas naturales (cadenas montañosas, desiertos, mares, etc.), la cabeza más viable para el Heartland es claramente Europa, seguida a mucha distancia por China, Irán e India.

La marcha de la humanidad europea hacia el corazón de Asia culminó cuando la cultura griega se introdujo en la mismísima Mongolia: hoy el idioma mongol se escribe con caracteres cirílicos, de herencia greco-bizantina, significando que la caída de Constantinopla en realidad proyectó la influencia bizantina mucho más al Este de lo que los emperadores ortodoxos jamás hubieran podido imaginar. Sin embargo, la tarea de Europa no termina aquí, ya que sólo Europa puede acometer la empresa que convierta al Heartland en el potente espacio cerrado profetizado por Mackinder.

Para poder profundizar en el tema, es necesario familiarizarnos con la cosmogonía mackinderiana, que dividía el planeta en varios dominios geopolíticos claramente definidos.

• La Isla Mundial es la unión de Europa, Asia y África, y lo más parecido que hay en las tierras emergidas a Panthalasa u Océano Universal. Dentro de la Isla Mundial se encuentra Eurasia, la suma de Europa y Asia, que es una realidad tanto más separada de África desde la apertura del canal de Suez en 1869, que permitió que el poder marítimo envolviese a ambos continentes.

• El Heartland no precisa ya de introducción. La teoría mackinderiana parte de la base de que el Heartland es una realidad geográfica en el seno de la Isla Mundial, del mismo modo que la Isla Mundial es una realidad geográfica en el seno del Océano Mundial.

• El Rimland, también llamado Creciente Interior o Marginal, es una enorme franja terrestre que rodea al Heartland y que consta de las cuencas oceánicas anexas al mismo. Pentalasia, los Balcanes, Escandinavia, Alemania, Francia, España y la mayor parte de China e India, se encuentran en el Rimland.

• La Creciente Exterior o Insular es un conjunto de dominios ultramarinos periféricos, separados de la Creciente Interior por desiertos, mares y espacios helados. África subsahariana, las Islas Británicas, las Américas, Japón, Taiwán, Indonesia y Australia se encuentran en la Creciente Exterior.

• El Océano Mediterráneo (Midland Ocean) es el Hearlandt del poder marítimo. Mackinder definía el Océano Mediterráneo como la mitad norte del Atlántico más todos los espacios marítimos tributarios (Báltico, Bahía de Hudson, Mediterráneo, Caribe y Golfo de Méjico). Recordemos que las mayores cuencas fluviales del mundo son las que desembocan en el Atlántico —después vienen las del Ártico y sólo en tercer lugar vienen las cuencas del Pacífico.

Obsérvese que estas ideas geopolíticas han servido de guía en la estrategia y política exterior Inglesa. Tanto en Primera como en la Segunda Guerra Mundial la diplomacia británica consiguió impedir una alianza Alemania- Rusia que habría unido Europa con el Heartland. Algunos intelectuales y políticos alemanes, como Ernst Niekisch, dirigente del partido Nacional-Bolchevique, trabajaron a favor de esta alianza, y el pacto Molotov-Ribentropp fue un paso en este sentido. Sin embargo los prejuicios racistas de Hitler contra el mundo eslavo actuaron en sentido contrario y le llevaron a la guerra con Rusia, con las consecuencias que todos conocemos.

Eurasia como proyecto geopolítico y como civilización

Dugin concibe a Eurasia como un gran proyecto geopolítico y civilizatorio. La CEI o Comunidad de Estados Independientes, promovida por Putin, sería un proyecto real realizado sobre el modelo ideal de Dugin. En este modelo Rusia tendría un papel parecido al de Prusia en la unificación alemana. La columna vertebral de esta civilización seria el mundo cristiano-ortodoxo, sus valores serían los propios de una Civilización de la Tierra, y la posesión del Heartland sería su principal baza geopolítica. En el contexto mundial Eurasia seria el polo opuesto y el adversario a la Globalización talasocrática representada por EEUU e Inglaterra. Dugin sostiene que la lucha contra la Globalización neoliberal debe hacerse desde una tradición concreta, que en este caso sería la tradición ortodoxa, con Moscú como tercera Roma.

En esta civilización eslavo-ortodoxa se incluirían no solamente los pueblos eslavos, sino también turcos, caucásicos, siberianos con una importante porcentaje de población que profesa el Islam [29]. Esto plantea algunos problemas a la tesis de Dugin, pues por otra parte reconoce al Islam como otra gran civilización. No queda clara la adscripción de estas poblaciones, que, siendo islámicas, han estado tradicionalmente relacionadas con la Rusia. Tampoco queda claro como pueden sentirse involucradas en un proyecto geopolítico y civilizatorio que tenga como elemento nuclear una religión distinta a la suya.

Otro problema son los límites de Eurasia. En ocasiones parece que Dugin conciba un gran bloque continental, que incluyera a los países europeos. Esto sería congruente con la tesis de Mackinder. Sin embargo en otras ocasiones distingue claramente entre Eurasia y Europa. Añade también que en Europa advierte dos “almas”: la atlantista y la propiamente continental. La primera correspondería al modelo de Europa en la órbita de EEUU e Inglaterra, con valores “talasocráticos” y opuesta geopolítica y culturalmente a Eurasia. La segunda seria la Europa continental, con valores propios de una “civilización de la Tierra”.

La Europa actual, la UE, correspondería a la Europa atlantista. La Europa continental correspondería a los Imperios Centrales (Austria y Alemania) y fue derrotada tanto en el Primera como en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo esta Europa continental sigue existiendo en potencia en diversos movimientos políticos y culturales críticos con el modelo actual de la UE, que, aunque son calificados de “euroescépticos” son en realidad UE-escépticos.

Por otra parte Dugin concibe el movimiento Eurasista no solamente como una herramienta política e ideológica para la construcción de Eurasia, sino como una estructura internacional dispuesta a apoyar a todos aquellos pueblos y naciones que quieran luchar contra la Globalización neoliberal y recuperar sus raíces.

Notas

1 Para la versión española ver Spengler, O. (1958) La Decadencia de Occidente (Traducción de Manuel García Morente y Prólogo de José Ortega y Gasset) Madrid, Editorial Espasa-Calpe.

2 Spengler, obra citada, p. 61.

3 Kuhn, T. S. (1971) La estructura de las revoluciones científicas. México, Fondo de Cultura Económico

4 Hay una versión española en forma de compendio: Toynbee, A. (1952) Estudio de la Historia, Buenos Aires, Emecé Editores.

5 Obra citada, p. 53.

6 Obra citada, p. 51

7 Para un análisis crítico de la obra de Toynbee ver Ortega y Gasset, J. (1959) Una interpretación de la Historia Universal. En torno a Toynbee. Madrid, Revista de Occidente.

8 Toynbee, obra citada, pp. 30-31.

9 D’Ors, E. (1964) La Ciencia de la Cultura. Madrid, Ediciones Rialp.

10 Aranguren, J.L. (1945) La filosofía de Eugenio D’Ors. Madrid, Ediciones y Publicaciones Españolas, p. 79.

11D’Ors, obra citada, p. 38.

12 D’Ors, obra citada, p. 39.

13 Aranguren, obra citada, p. 81

14 D’Ors, oba citada, p. 95.

15 El concepto newtoniano del tiempo es compatible con una idea cíclica o lineal del mismo. James Hutton, partiendo del concepto newtoniano de “tiempo absoluto” concibió una historia geológica cíclica de la Tierra.

16 Dugin, A. (2013) La Cuarta Teoría Política (traducción de Alexander Villacian y Fernando Ribero) Barcelona, Ediciones Nueva República, p. 90.

17 Dugin, obra citada, p. 130

18 Dugin, obra citada, p. 135.

19 Dugin, obra citada, p. 135.

20 De Benoist, A. (2012) “La Geopolítica” Nihil Obstat. Revista de historia, metapolítica y filosofía, n. 18-19, pp.57-74

21 Von Uexküll, J. (1945) Ideas para una concepción biológica del mundo (prólogo de José Ortega y Gasset) Buenos Aires- México, Editorial Espasa Calpe Argentina.

22 Steuckers, R. (2012) “Karl Haushoffer (1869- 1946)“ Nihil Obstat. Revista de historia, metapolítica y filosofía, n. 18-19, pp. 83-90.

23 Talasocracia significa domino de los mares

24 Dugin, A.G. (2015) La geopolítica de Rusia. De la revolución rusa a Putin. Hipérbola Janus, pp. 7-9.

25 Schmitt, C. (2001) “Tierra y Mar. Consideraciones sobre la historia universal”, en Orestes Aguilar, H. Carl Schmitt, teólogo de la política. México, Fondo de Cultura Económica.

26 El todo, el conjunto, es algo más que la suma de las partes.

27 Obra citada, p. 11.

28 En su obra The Geographical Pivot of History publicada en 1904

29 La Cuarta Teoría política, p. 150.

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