30.11.2016
Gerson de la Rosa


Desde siempre, la juventud en América Latina ha sido bastión de resistencia ante la imposición, el sometimiento y la manipulación de Estados Unidos contra nuestros pueblos. La búsqueda de estrategias para debilitarla y hasta castrar su voluntad, fue preocupación de las élites norteamericanas.

Las políticas de apresamientos, torturas, desapariciones, divisionistas y conquistas de jóvenes en favor de los organismos represivos e inteligencias, no fueron tan eficaces: se mantuvo la rebeldía. La caída del bloque soviético, pero sobre todo la ascensión del neoliberalismo en nuestros países con las argucias características de este, corroe el espíritu combativo, la fe y la esperanza en el aporte del sacrificio como cimentador de cambio hacia un mundo más justo y humano.

Objetivos planteados y no alcanzados de los imperialistas e impuestos a través de las dictaduras latinoamericanas y las cuasi-democracias, hoy son grandes logros para los gobiernos para los gobiernos neo-liberales. Sin duda, la explotación del egoísmo y la implantación del germen de la individualidad en todo el quehacer de las jóvenes generaciones las retrotrae. A las burguesías de nuestros países, el poder imperial les ha mostrado como neutralizar el prurito de insatisfacción de los jóvenes con el orden en que viven.

Una de las primeras medidas para frenar el ímpetu intrínseco de la combativa juventud fue el enmarañamiento de sus vanguardias y de los individuos pensantes en la redes de las ONGs, con subvenciones imperiales directas. Primero estos fueron captados. Con las holganzas y facilidades que ofrecen buena parte de los recursos para financiar proyectos, a los anteriores les hacen pensar primero en ellos. De esta forma, los convierten en carroñeros de las pobrezas, convertida en miserias, que en principio se propusieron enfrentar.

Significativa influencia en la degradación de la juventud causó la apertura de ésta, sobre todo la centroamericana, a los Estados Unidos. Su interacción con el bajo mundo de ese país potenció un tipo y grado delincuencial desconocido en nuestra América morena. De las calles y cárceles del coloso del Norte, saca nuestra juventud sus experiencias de “maras, gangas o naciones”. Estas organizaciones, de forma maliciosas implantadas en nuestro seno, desvían la atención de las jóvenes generaciones de sus identidades, culturas, intereses y objetivos nacionales y hasta familiares, por los de estas instituciones que las protegen en las calles.

El reto más significativo para desarraigar a las jóvenes generaciones ha sido minar la fortaleza de los lazos y roles de los miembros de la familia latinoamericana. Aunque esta no ha sucumbido totalmente, los daños traídos por las políticas neoliberales son significativos y mueven a preocupaciones. En los últimos veinte años, los divorcios, separaciones, rupturas violentas de la célula social, son escandalosas entre nosotros. No conforme con las adversidades producidas por el individualismo, imponen leyes las cuales reconocen, ponen énfasis en los derechos de la mujer, de la niñez y adolescencia. Con estas imposiciones, más que defender los roles de estos sectores, demarcan una lejanía en la necesaria integración familiar. Una serie de ONGs dedicadas a estos temas, los mantiene frescos, activos y en las palestras.

La impuesta política de los derechos individuales, más que favorecer la integración juvenil, la divide y debilita. Los conflictos generados de su búsqueda, muchas veces maliciosa e inoportuna, crean laceraciones en las interacciones normales. Los enfrenta por sexos y preferencias sexuales, ´por quien es más depravados, enseña más de su cuerpo o tiene menos pudor. Esto le quita espacio y tiempo para interesarse por los problemas culturales, políticos y sociales que sufren sus países y sus regiones.

Dañinos, por igual han sido la promoción del supuesto “fin de la historia “, la mala asimilación de la tecnología, la cual se ha contrapuesto con las culturas locales; la creciente estandarización de un sistema educativo destructor de todas personalidades nacionales y conversor de los individuos en autómatas, en cuanto a seguir líneas trazadas; consumidores, por la propulsión a adquirir bienes; desequilibrados, por la fuerte tendencia de alejarse de los más cercanos y tender a crear lazos con quienes se tiene lejos.

Los movimientos del neoliberalismo en Latinoamérica no han encontrado escollos mayores por parte de la juventud. El experimento de golpe de Estado contra Manuel Zelaya, en Honduras, y la débil reacción de la juventud hondureña y latinoamericana contra esa acción favoreció la elaboración de planes para el contraataque neoliberal. Es difícil imaginar a una juventud critica, consciente y participativa, apática a esos movimientos que empobrecen a sus países y regiones.

La movilización juvenil en torno a preocupaciones colectivas es bastante cuesta arriba. Resulto diferente su atención, cuando apareció el juego “Pokemon Go”. Este ha desatado una histeria que nos debe llamar a reflexión. La explotación desmedida del individualismo daña los cimientos nacionales y permite el desplazamiento de la mayoría de recursos en favor de los más ricos e inversionistas extranjeros. Hace falta buscarle la vuelta a la crianza de las jóvenes generaciones latinoamericanas que crecen de espalda a las necesidades locales, nacionales y regionales a las que pertenecen. Debemos rescatar el sentido de la pertenencia en la educación formal e informal, si no queremos colapsos nacionales en los próximos años.

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