*Pues después de publicar sobre la medicina y la muerte, ahora otro medio de despoblación, la homosexualidad, OJO no es un pensamiento homofobico, si no este movimiento esta siendo usado para un fin Eugenesico, una cosa es la libertad, y otra que esta libertad sea fomentada y romper los procesos naturales….

*Y como antesala del articulo esta “Atrazina” también es responsable de microcefalia.

Syngenta

wikipedia
Syngenta AG es una empresa de negocios en agricultura (agribusiness) con un mercado en las semillas y los pesticidas. Realiza investigación genética y biotecnológica. Es la tercera en el mercado mundial de venta de semillas agrícolas.3
Las ventas del año 2013 fueron aproximadamente de 14,7 miles de millones de dólares. Syngenta tiene unos 28,000 empleados en 90 estados. Más de la mitad de las ventas son de mercados emergentes.1
El 8 de mayo de 2015 Syngenta rechaza una oferta no solicitada de adquisición por parte de su competidora Monsanto, considerando que había sido infravalorado el precio de sus acciones.
Syngenta Logo.svg
Tipo Sociedad anónima. Aktiengesellschaft
Símbolo bursátil SIXSYNN NYSE: SYT
Industria Agribusiness
Fundación 13 de noviembre de 2000
Sede central Basilea, Suiza
Personas clave Martin Taylor
Michael Mack CEO
Productos Agricultura, semillas, pesticidas
Ingresos Crecimiento US $11.64 billion1 2
Beneficio de explotación Decrecimiento US $1.793 billion2
Beneficio neto Decrecimiento US $1.397 billion2
Activos Crecimiento US $17.29 billion2
Capital social Crecimiento US $7.449 billion2
Empleados 28,000 2
Sitio web http://www.syngenta.com/en/index.aspx

 

http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/21367690

Formato: AbstractSend de Environ Health Perspect. 2011 Jul; 119 (7): 1034-1041. doi: 10.1289 / ehp.1002775. Epub 2011 MAR 2.

biomarcadores urinarios de la exposición a la atrazina prenatal y resultados adversos del nacimiento en la cohorte de nacimientos PELAGIE. Chevrier C1, Limón G, C Monfort, Rouget F, R Garlantézec, Petit C, G Durand, S. Cordier Información del autor 1INSERM, U625, Rennes, Francia. cecile.chevrier@rennes.inserm.fr Abstracto

FONDO: A pesar de la evidencia de la toxicidad de la atrazina en el desarrollo de los organismos a partir de estudios experimentales, pocos estudios – y un menor número de investigaciones epidemiológicas – han examinado los efectos potenciales de la exposición prenatal.

OBJETIVOS: Se evaluó la asociación entre los resultados del parto adversos y biomarcadores urinarios de la exposición a la atrazina prenatal, teniendo en cuenta las exposiciones a otros herbicidas utilizados en los cultivos de maíz (simazina, alaclor, metolaclor, y acetoclor).

MÉTODOS: Este estudio utilizó un diseño de casos y cohorte anidado en una cohorte de nacimiento prospectivo realizado en la región de Bretaña de Francia de 2002 a 2006. Se recogieron muestras de orina materna para examinar los biomarcadores de exposición a pesticidas antes de la semana 19 de gestación.

RESULTADOS: Encontramos niveles cuantificables de atrazina o mercapturato atrazina en muestras de orina de 5,5% de 579 mujeres embarazadas, y desalquilado e identificados metabolitos hidroxilados de triazina en 20% y 40% de las muestras, respectivamente. La presencia o la ausencia de niveles cuantificables de atrazina o un metabolito específico de atrazina se asoció con restricción del crecimiento fetal [odds ratio (OR) = 1,5; 95% intervalo de confianza (IC), 1,0-2,2] y la pequeña circunferencia de la cabeza para el sexo y la edad gestacional (OR = 1,7; IC del 95%, 1,0-2,7). Asociaciones con los principales anomalías congénitas no fueron evidentes con atrazina o sus metabolitos específicos. circunferencia de la cabeza se asoció inversamente con la presencia de metolaclor urinaria cuantificable.

CONCLUSIONES: Este estudio es el primero en evaluar las asociaciones de los resultados del parto con múltiples biomarcadores urinarios de la exposición a herbicidas de triazina y cloroacetanilidas. Evidencia de asociaciones con resultados adversos del nacimiento plantea problemas particulares de los países en que la atrazina se encuentra todavía en uso. PMID: 21367690 PMCID: PMC3222984 DOI: 10.1289 / ehp.1002775 [PubMed – Medline] libre PMC artículo

Grafico de estudio:

http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3222984/figure/f1/

Una acreditada reputación: Hayes, Syngenta y la Atrazina

Por Rachel Aviv, febrero de 2014

The New Yorker

Hayes dedicó los últimos quince años a estudiar la atrazina, un herbicida muy utilizado, fabricado por Syngenta. Diversas notas de la Empresa revelan que estudió diversas maneras de desacreditarlo. Fotografía de Dan Winters.

 En el año 2001, siete años después de entrar a formar parte de la Facultad de Biología de la Universidad de California, Berkeley, Tyrone Hayes dejó de hablar de sus investigaciones con las personas en las que no confiaba. Dijo a los estudiantes de su laboratorio, donde criaba tres mil ranas, que si al descolgar el teléfono oían un chasquido es que una tercera persona podía estar a la escucha. Otros científicos parecían recordar los acontecimientos de una manera diferente, de modo que empezó a llevar una grabadora cuando asistía a alguna reunión. “El secreto de una vida feliz y de éxito frente a la paranoia es vigilar de cerca a los que te persiguen”, le gustaba decir.

Tres años antes , Syngenta, una de las mayores empresas agrícolas del mundo, había solicitado a Hayes que llevase a cabo experimentos con el herbicida Atrazina, que se aplicaba a más de la mitad del maíz cultivado en Estados Unidos. Hayes tenía en ese momento treinta y un años y ya había publicado veinte artículos sobre la endocrinología de los anfibios. David Wake, un profesor del Departamento de Hayes, dijo que Hayes “podía haber desarrollado su máximo potencial en cualquier campo”. Pero cuando Hayes descubrió que la atrazina podía impedir el desarrollo sexual de las ranas, sus relaciones con Syngenta se volvieron tensas, y en noviembre del año 2000 puso fin a su relación con la Empresa.

Hayes continuó estudiando la atrazina por su cuenta, y pronto pudo comprobar que los representantes de Syngenta le seguían en las conferencias que daba por todo el mundo. Le preocupaba que la Empresa estuviese preparando una campaña para destruir su reputación. Se quejaba de que no era extraño que en el fondo de la sala siempre hubiese alguien tomando anotaciones. En un viaje que realizó a Washington D.C., en 2003, pernoctó cada noche en un hotel diferente. Todavía mantenía contacto con un par de científicos de Syngenta, y después de advertir de que conocían muchos detalles sobre su trabajo y sus horarios, empezó a sospechar de que leían sus correos electrónicos. Para confundirlos, pidió a un estudiante que escribiese correos electrónicos como señuelo desde su ordenador mientras él estuviese de viaje. Envió copias de seguridad de sus datos y notas a sus padres en cajas selladas. En un correo electrónico dirigido a un científico deSyngenta, escribió que había “arriesgado su reputación, su nombre… algunos dicen que incluso mi vida, ya que lo que pensaba, y ahora sé, era correcto”. Algunos científicos ya habían hecho con anterioridad experimentos que anticipaban los realizados por Hayes, pero nadie había observado con anterioridad tales efectos extremos. En otro correo electrónico a Syngenta, reconoció que podía sufrir un “complejo de Napoleón” o “delirios de grandeza”.

Durante años, a pesar de sus descubrimientos, Hayes siempre pareció estar fuera de lugar. En el ámbito académico, consideraba que sus colegas actuaban según un código de conducta bastante frívolo: un habla muy formal, decían de sí mismo que eran investigadores independientes, y rara vez admitían que no sabían algo. Creció en Columbia, Carolina del Sur, en una zona donde menos del cuarenta por ciento de los niños no terminaban la Educación Secundaria. No fue hasta que cursó el 6º grado, cuando fue aceptado en un programa para niños superdotados, en otro barrio, cuando mantuvo una conversación con un niño blanco de su edad. Él y sus amigos solían hablar de cómo “los blancos hacen esto, o los blancos hacen aquello”, haciendo como que lo sabían. Después continuó sus estudios avanzados, y los niños negros se burlaban de él diciendo: “Mira, se cree que es un blanco”.

Estaba fascinado por la metamorfosis, y pasó gran parte de su adolescencia recogiendo renacuajos y ranas, y cruzando diferentes especies de saltamontes. Crió ranas en el porche de la casa de sus padres, y examinó cómo los lagartos respondían a los cambios de temperatura ( usando un secador de pelo) y a la luz ( colocándolos en la caseta del perro). Su padre, un instalador de moquetas, sacudía la cabeza y solía decir: “Hay una línea muy fina de separación entre un genio y un tonto”.

Hayes recibió una beca de la Universidad de Harvard, y en 1985 comenzó lo que para él fueron los cuatro peores años de su vida. Muchos otros estudiantes negros habían ido a escuelas privadas, procedentes de familias acomodadas. Se sentía al margen y mal preparado, estuvo en un período de prácticas, hasta que se convirtió en profesor de Biología, y después se animó a trabajar en el laboratorio. De cinco pies de alto y muy delgado, Hayes se diferenciaba por vestir de una forma extravagante, como Prince. En un artículo en The Harvard Crimson sobre una fiesta en el Campus, escribió que parecía pertenecer a la “atmósfera roquera de la Danceteria de Nueva York”. Pensó en abandonar, pero poco después empezó a salir con una compañera de clase, Katherine Kim, estudiante de Biología coreana-estadounidense de Kansas. Se casaron dos días después de graduarse.

Se mudaron a Berkeley, donde Hayes se había inscrito en el programa de Biología Integrativa de la Universidad. Terminó su doctorado en tres años y medio, y fue contratado de inmediato por su Departamento. “Era una fuerza de la naturaleza, con un talento increíble y muy trabajador”, dijo Paul Barber, un colega que ahora es profesor en la UCLA. Hayes se convirtió en uno de los pocos profesores titulares de Biología de raza negra. Ganó el premio más destacado de Berkeley en la enseñanza, y dirigió el laboratorio con mayor diversidad racial de su Departamento, atrayendo a estudiantes que eran los primeros de su familia que acudían a la Universidad. Nigel Noriega, un ex estudiante ya graduado, dijo que el laboratorio era una zona de confort para los estudiantes que se asfixiaban en Berkeley, porque se sentían alienados por la cultura académica.

Hayes se había acostumbrado a no considerar en demasía los elogios de sus colegas, pero cuando Syngenta puso en duda su trabajo, empezó a preocuparse por las viejas ansiedades. Creía que la Empresa estaba tratando de aislarlo de otros científicos y “se aprovechaban de mis inseguridades, el temor de que no lo estuviese haciendo bien, o que todo el mundo creyese que era un fraude”. Dijo a sus colegas que sospechaba queSyngenta mantuvo reuniones para buscar sus posibles vulnerabilidades. Roger Liu, que trabajó en el laboratorio de Hayes durante una década, dijo que tanto como de estudiante como ya graduado: “En un principio estaba muy preocupado por su seguridad. Pero no podía discernir dónde terminaba la realidad y empezaban las exageraciones”.

Liu y otros ex estudiantes dijeron que se mantuvieron escépticos acerca de las acusaciones de Hayes hasta el verano pasado, cuando apareció un artículo en Noticias de Salud Ambiental (en colaboración con 100Reporters)*, que se había elaborado a partir de los registros internos de Syngenta. Cientos de notas de Syngenta y correos electrónicos fueron hechos públicos en 2012 tras la presentación de dos demandas colectivas interpuestas por veintitrés ciudades y pueblos del Medio Oeste, que acusaban aSyngenta de “ocultar los verdaderos peligros de la atrazina” y por contaminación del agua potable. Stephen Tillery, el abogado que llevó los casos, dijo: “El trabajo de Hayes nos sirvió de base científica en la demanda”.

Hayes dedicó los últimos quince años de su vida a estudiar la atrazina, y durante ese tiempo científicos de todo el mundo han realizado nuevos descubrimientos, de modo que hoy en día se relaciona a este producto químico con defectos de nacimiento en los seres humanos y en los animales. Los documentos de la Empresa muestran que mientras Hayes realizaba sus investigaciones sobre la atrazina, Syngenta le vigilaba muy de cerca, como él siempre sospechó. El equipo de relaciones públicas de Syngenta había elaborado una lista con cuatro objetivos. El primero, desacreditar a Hayes. En un cuaderno de espiral, la Gerente de Syngenta, Sherry Ford, quien se refiere a Hayes por sus iniciales, escribió que la Empresa podía “evitar la publicación de los datos por parte de TH diciendo que no eran creíbles”. Era un tema frecuente de conversación en las reuniones de la Empresa. Syngenta buscó varias formas de explotar los fallos y errores de Hayes. “Si TH se ve envuelto en un escándalo, los ecologistas le dejarán al margen”, escribió Ford. También observó que Hayes “creció en un mundo (S.C. [Carolina del Sur]) que no lo aceptaba”, “necesita adulación”, “no duerme”, “está marcado de por vida”. Y escribió: “¿Qué es lo que motiva a Hayes? Esa es la pregunta esencial”.

Syngenta, con sede en Basilea, tiene unas ventas anuales de unos 14 mil millones de dólares en semillas y pesticidas, y financia investigaciones en cuatrocientas instituciones académicas de todo el mundo. Cuando Hayes accedió a realizar los estudios para la Empresa (que en ese momento formaba parte de una Corporación mucho mayor, Novartis), los estudiantes de su laboratorio mostraban preocupación de que las Empresas de Biotecnología estuviesen “comprando las Universidades” y que la financiación de la Industria pudiese comprometer la objetividad de las investigaciones. Hayes les aseguró que los fondos aportados por la Empresa, 125.000 dólares, harían que el trabajo del laboratorio fuese más riguroso. Podrían contratar a más estudiantes, comprar equipos nuevos, y criar más ranas. A pesar de que su laboratorio estaba bien financiado, el apoyo federal para las investigaciones cada vez era más inestable, y del mismo modo que muchos académicos y administradores, sintió que debía buscar nuevas fuentes de ingresos. Hayes me dijo: “Consideremos esto como si se tratase de un pintor que va a realizar un servicio. Usted hizo el encargo, y debemos obtener unos resultados. Hagan lo que quieran con ellos. Es su responsabilidad, no la mía”.

La atrazina es el segundo herbicida más utilizado en Estados Unidos, donde las ventas se estiman en torno a los 300 mil millones de dólares al año. Comercializado en 1958, es barato de producir y controla una amplia variedad de hierbas ( El glifosato, producido por Monsanto, es el herbicida de mayor empleo). Un estudio realizado por la Agencia de Protección Ambiental (EPA) encontró que sin la atrazina el rendimiento del maíz descendería un 6%, generando una pérdida anual de casi 2 mil millones de dólares. Sin embargo, este herbicida se degrada muy lentamente en el suelo y con frecuencia es arrastrado a arroyos y lagos, donde no se disuelve fácilmente. La atrazina es uno de los contaminantes más comunes del agua potable. Se estima que unos 30 millones de estadounidenses están expuestos a pequeñas cantidades de esta sustancia química.

En 1994, la EPA expresó preocupaciones sobre los efectos en la salud de la atrazina, anunciando que iba a iniciar una revisión científica. Syngenta reunió a un grupo de científicos y profesores, a través de una empresa de consultoría llamada EcoRisk, para estudiar el herbicida. Hayes finalmente se unió a este grupo. Su primer experimento demostró que los renacuajos macho expuestos a la atrazina desarrollaban menos masa muscular alrededor de las cuerdas vocales, y se planteó la hipótesis de que el producto químico tenía el potencial de reducir los niveles de testosterona. “He estado perdiendo muchas horas de sueño con todo esto. Soy consciente de las implicaciones, y por supuesto hay que asegurarse de que todo ha sido bien pensado y controlado”, escribió un miembro del panel de EcoRisk. Después de una conferencia, quedó sorprendido de que la Empresa siguiese manteniendo sus críticas y considerando triviales los resultados de sus investigaciones. Hayes quiso repetir y validar sus experimentos, quejándose de que la Empresa le estaba retrasando en su trabajo y que científicos independientes publicaran resultados similares antes de que pudiera hacerlo él. Renunció a su presencia en ese panel de científicos, escribiendo una carta en la que decía no querer sentirseatrapado: “Temo que mi reputación quede muy dañada si continúo mi relación con Novartis y siga con una baja productividad. Va a parecer que formo parte de un plan junto a mis colegas para ocultar datos importantes”.

Hayes repitió los experimentos utilizando los fondos de Berkeley y de la Fundación Nacional de Ciencias. Después escribió al panel de científicos: “A pesar de que demomento no quiera publicar los resultados hasta que no tenga todos los datos analizados y decodificados, creo que les debo advertir que algo muy extraño les sucede a estos animales”. Después de la disección de las ranas se dio cuenta de que en algunas de ellas no podía distinguirse fácilmente el sexo macho o hembra: ambos tenían testículos u ovarios. Otras tenían múltiples testículos, que aparecían deformados.

En enero de 2001, los empleados de Syngenta y miembros del panel EcoRisk viajaron a Berkeley para discutir con Hayes sus nuevos descubrimientos. Syngenta solicitó reunirse con él en privado, pero Hayes insistió en que estuvieran presentes sus alumnos, algunos colegas, y su esposa. Había tenido con anterioridad una amigable reunión con los miembros del panel científico -uno de ellos había sido colega suyo-, y comenzó la reunión en una gran sala del Museo de Zoología de Vertebrados de Berkeley, como si se tratase de una gran conferencia académica. Llevaba un traje nuevo y fueron atendidos por un servicio de comidas.

Después del almuerzo, Syngenta presentó a su orador invitado, un consultor estadístico, que apreció numerosos errores en el Informe de Hayes y llegaba a la conclusión de que los resultados no eran estadísticamente significativos. La esposa de Hayes, Katherine Kim, dijo que el consultor parecía estar tratando de “hacer que Tyrone pareciese lo más tonto posible”. Wake, el profesor de Biología, dijo que los hombres que formaban parte del panel EcoRisk parecían cada vez más incómodos: “Tenían la suficiente experiencia para saber que los problemas que planteaba el consultor estadístico eran rutinarios y ridículos. Un par de errores se presentaron como si aquello fuera el no va más. He sido científico académico durante cuarenta años, y nunca he visto algo así. Iban detrás de Tyrone”.

Hayes, más tarde, envió un correo electrónico a tres de los científicos, en el que les decía: “Me sentí insultado, me sentí injustamente condenado, y de hecho sentí que allí había algo deshonesto y poco ético”. Cuando le explicó a Theo Colborn lo que le había sucedido, el científico que popularizó la teoría de los productos químicos industriales que alteran el sistema hormonal, le aconsejó: “No vaya a su casa dos veces por el mismo sitio”. Colborn estaba convencido de que su oficina había sido pinchada, y que los representantes de la Industria le seguían. Le dijo a Hayes que “estuviese siempre pendiente, que tuviese mucho cuidado a quién dejaba entrar en su laboratorio. Tiene que protegerse usted mismo”.

Hayes publicó su trabajo sobre la atrazina en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias, un año y medio después de abandonar el panel. Escribió sobre lo que denominó hermafroditismo inducido en las ranas por la exposición a la atrazina a niveles treinta veces por debajo de los permitidos legalmente por la EPA en el agua. Se planteó la hipótesis de que este producto químico pudiese ser un factor de disminución de las poblaciones de anfibios, un fenómeno observado en todo el mundo. En un correo electrónico enviado el día anterior al de la publicación, felicitó a los estudiantes de su laboratorio por haber mantenido una postura ética al continuar el trabajo por su cuenta: “Nosotros (y nuestros principios) hemos sido probados, y no sólo creo que hemos aprobado, sino que hemos superado las expectativas. La ciencia tiene como principio y es un proceso de búsqueda de la verdad. La verdad no puede ser comprada, sino más bien la búsqueda de toda una vida. Las personas con las que he trabajado diariamente ejemplifican y me recuerdan esta promesa”.

Él y sus estudiantes continuaron el trabajo, viajando a las diferentes regiones agrícolas de todo el Medio Oeste, recogiendo ranas en estanques y lagos, y luego enviando trescientos cubos de agua congelada de nuevo a Berkeley. En las revistas Nature y Environmental Health Perspectives publicó artículos sobre la aparición de ranas con anormalidades sexuales en lugares contaminados con atrazina en Illinois, Iowa, Nebraska y Wyoming: “Ahora que sé detrás de lo que estamos, no puedo parar. Ha adquirido entidad propia”. Hayes empezaba a trabajar en su laboratorio a las 3 y media de la mañana y allí permanecía durante 14 horas. Tenía dos niños pequeños, que a veces iban y se dedicaban a codificar los contenedores con códigos de colores.

De acuerdo con los correos electrónicos, Syngenta estaba consternada por los trabajos de Hayes. Su equipo de relaciones públicas compiló una base de datos con más de un centenar de “terceras partes interesadas”, incluyendo veinticinco profesores, que podían defender la atrazina o actuar como portavoces contra Hayes. Este equipo de relaciones públicas sugirió que la empresa comprase el término Tyrone Hayes, de modo que al hacer una búsqueda en Internet lo primero que saliese fuese el material de la Empresa. “La propuesta más tarde fue ampliada para incluir frases, tales como Hayes y anfibios, ranas y atrazina, feminización de la rana” (Hoy en día [este artículo es el año 2014], al hacer la búsqueda, nos lleva a un anuncio que dice: “Tyrone Hayes no tienecredibilidad”).

Hayes dedicó los últimos quince años a estudiar la atrazina, un herbicida muy utilizado, fabricado por Syngenta “La Industria ha aprendido que el debate científico es mucho más sencillo y eficaz que el debate político. Un campo tras otro, las conclusiones que podrían ayudar en la aprobación de normas de regulación siempre están en constante disputa. Los datos que se obtienen de los estudios en animales no se consideran relevantes, los datos en personas no son representativos, y no se puede confiar en los datos de exposición ”, escribió David Michaels.

En junio de 2002, dos meses después de la publicación del artículo de Hayes sobre la atrazina, Syngentaanunció en un comunicado de prensa que habían aparecido tres trabajos que refutaban las investigaciones de Hayes. En una carta al editor deActas de la Academia Nacional de Ciencias, ocho científicos del panel EcoRisk escribieron que el estudio de Hayes tenía “poca credibilidad como para considerar una relación de causalidad”, de carecía de datos estadísticos, que había mal empleado el término dosis, que sus referencias eran vagas y bastante ingenuas, en definitiva, que tenía poca validez. Dijeron que las afirmaciones de Hayes de que su estudio tenía “implicaciones significativas para la salud pública y ambiental” no habían sido “demostradas científicamente”. Steven Milloy, un periodista independiente sobre temas científicos que dirige una organización sin ánimo de lucro, a la que Sygenta había donado varios miles de dólares, escribió un artículo en Fox News bajo el título “Freaky Frog-Fraude” , donde hacía referencia al artículo de Hayes publicado en Nature, diciendo que no había una clara relación entre la concentración de atrazina y los efectos sobre las ranas.Milloy caracteriza a Hayes como un científico de Ciencia Basura, y rechazó sus patéticas conclusiones como “uno de los trucos de Hayes”.

Estas críticas contra ciertos experimentos científicos se ha convertido en una parte fundamental de una campaña que se ha dado en llamar Ciencia Sólida, un esfuerzo de los grupos de interés y la Industria para frenar el ritmo de las regulaciones. David Michaels, Secretario Auxiliar de Seguridad en el Trabajo y Salud Ocupacional, escribió en su libro “La duda es su producto” (2008), que las Empresas han desarrollado sofisticadas estrategias para “fabricar y extender la incertidumbre”. En los años 80 y 90, la Industria del Tabaco se defendió de las regulaciones al dirigir la atención científica hacia los fumadores pasivos. Muchas empresas han adoptado esta táctica. “La Industria ha aprendido que el debate científico es mucho más sencillo y eficaz que el debate político. Un campo tras otro, las conclusiones que podrían ayudar en la aprobación de normas de regulación siempre están en constante disputa. Los datos que se obtienen de los estudios en animales no se consideran relevantes, los datos en personas no son representativos, y no se puede confiar en los datos de exposición ”, escribió Michaels.

En el verano de 2002, dos científicos de la EPA visitaron el laboratorio de Hayes y revisaron sus datos sobre la atrazina. Thomas Steeger, uno de los científicos, dijo sobre el estudio de Hayes: “Su investigación puede afectar potencialmente al balance de riesgos y beneficios de uno de los más controvertidos plaguicidas utilizados en Estados Unidos”. Pero una organización denominada Centro para la Eficacia de las Regulaciones, solicitó a la EPA (Agencia de Protección Ambiental) que ignorase los hallazgos de Hayes: “Hayes ha matado y sigue matando a miles de ranas para la validación de sus estudios que no tienen un valor probado”. El Centro argumentaba que los estudios de Hayes violaban la Ley de Calidad de Datos, aprobada en el año 2000, que exige que las decisiones regulatorias se basen en estudios con cumplan altos estándares de “calidad, objetividad, utilidad e integridad”. El Centro está dirigido por un grupo de presión de la Industria y fue el consultor de Syngenta Jim Tozzi el que propuso los términos de la Ley de Calidad de Datos a un Congresista que lo patrocinó.

La EPA cumplió con la Ley de Calidad de Datos y revisó su evaluación de riesgo ambiental, por lo que estaba claro que una alteración hormonal no sería motivo suficiente para restringir el uso de este producto químico hasta que “los protocolos adecuados de ensayo se hubiesen establecido”. Steeger dijo que Hayes estaba preocupado por la circularidad de la crítica del Centro. En un correo electrónico escribía: “Todo esto me recuerda al argumento expuesto por el filósofo George Berkeley, que se manifestó en contra del empirismo al señalar que depender de la observación científica es algo erróneo, ya que el vínculo entre las observaciones y las conclusiones es algo intangible y por lo tanto, inconmensurable”.

No obstante, Steeger parecía resignado a las frustraciones con las normas de regulación y traspasó suavemente el idealismo de Hayes. Cuando Hayes se quejó de que Syngenta no había considerado sus conclusiones sobre el hermafroditismo de las ranas con la suficiente rapidez, respondió que era “lamentable, pero no es raro que los solicitantes de un registro no tengan en cuenta datos que pueden considerar adversos y por tantoacarrear la no aceptación del público de sus productos”. Escribió que “La Ciencia puede ser manipulada para servir a ciertos intereses. Lo único que podemos hacer es rechazar toda incredulidad” (La EPA dice que no hay “ninguna indicación de que la informaciónno se considerara debidamente).

Después de consultar con sus colegas de Berkeley, Hayes decidió que ya que Syngentaestaba desacreditando su trabajo, haría un movimiento preventivo. Apareció en dos revistas, Discovery y The San Francisco Chronicle, sugiriendo que las investigaciones realizadas por Syngenta no eran objetivas. Ambos artículos destacaban su biografía personal, sobre su color de piel y su estilo muy personal: en ese momento llevaba trenzas en el pelo. Hayes hizo poco para parecer desinteresado. La objetividad científica exige lo que el filósofo Thomas Nagel ha dado en llamar “una visión desde ninguna parte”, pero Hayes mantuvo la atención sobre sí mismo, haciendo comentarios tan tempestuosos como que “Tyrone sólo puede ser Tyrone”. Presentó a Syngenta como el villano, pero él no protagonizó el papel de héroe. Hiperactivo y un tanto frenético, siempre parecía estar con prisas, a punto de que algo se le olvidase, y mantuvo a idea de que se podía derribar a los grandes con una especie de celo juvenil.

Los ecologistas elogiaron el trabajo de Hayes y le ayudaron a llamar la atención de los medios. Pero estaban preocupados por la brusquedad de sus formas. Un cofundador deEnvironmental Working Group, una organización de investigación sin fines lucrativos, dijo a Hayes que “parase lo que estaba haciendo y se tomase un tiempo para desarrollar un plan” o “de lo contrario acabará usted con su culo en una bandeja”. Steeger le advirtió que aquel vigilantismo le podía distraer de sus investigaciones: “¿Puede usted permitirse emplear tanto tiempo y dinero en batallas donde es claramente superado, y para ser sinceros, no lleva ventaja?. La mayor parte de la gente preferiría pasar un tiempo en el purgatorio. No conozco a nadie que quiera ir a sabiendas al infierno”.

Hayes trabajó durante toda su vida para construirse una sólida reputación científica, y ahora parecía estar al borde del colapso. “No puedo explicar en términos razonables lo que todo esto significa para mí”, le dijo a Steeger. Se esforzó en demostrar que los estudios de Syngenta no habían replicado los suyos: se utilizó una población diferente de animales, fueron criados en diferentes tipos de estanques, con temperaturas más frías, y con un horario diferente de alimentación. Al menos en tres ocasiones, propuso a los científicos de Syngenta compartir los datos: “Si realmente queremos realizar una replicación de los estudios, compartamos animales y soluciones”.

A principios de 2003, Hayes fue propuesto para un puesto de trabajo en la Escuela Nicholas de Medio Ambiente, en Duke. Visitó por tres veces el Campus, y la Universidad contrató a un agente inmobiliario para que le mostrase la posible residencia para él y su esposa. Cuando Syngenta supo que Hayes podía trasladarse a Carolina del Norte, donde tiene sus oficinas centrales de protección de las cosechas, Gary Dickson, Vicepresidente de la Empresa de Evaluación de Riesgos Globales, quien un año antes había concedido una dotación de 50.000 dólares, financiados por Syngenta, se puso en contacto con el decano de Duke. De acuerdo con los documentos dados a conocer en las demandas colectivas, Dickson informó al decano del “estado de las relaciones entre el Dr. Hayes y Syngenta”. La Empresa “quería proteger nuestra reputación dentro de la comunidad y entre nuestros empleados”.

Había otros candidatos para el puesto de trabajo además de Hayes, y cuando no lo consiguió, llegó a la conclusión de que fue debido a la influencia de Syngenta. Richard de Giulio, profesor de Duke, que estuvo presente en la primera visita de Hayes, dijo que se sintió molesto por la sugerencia de Hayes: “Un pequeño regalo de 50.000 dólares no influirá en la titularidad de un contrato. Eso no sucederá… No me sorprende que a Syngenta no le hubiese gustado que Hayes estuviese en Duke, ya que estamos sólo a una hora de camino de ellos. El conflicto de Hayes con Syngenta era un ejemplo extremo de la clase de controversias que no son poco comunes en las ciencias ambientales. La diferencia estriba en que el debate científico afectó a la vida emocional de Hayes”.

En junio de 2003, Hayes se pagó él mismo el viaje a Washington para presentar allí su trabajo ante una audiencia de la EPA sobre la atrazina. La Agencia había evaluado 17 estudios. Doce de esos estudios habían sido financiados por Syngenta, y todos menos dos confirmaban que la atrazina no tenía efectos en el desarrollo sexual de las ranas. El resto de los experimentos, el de Hayes y el de investigadores de dos Universidades, indicaban lo contrario. En una presentación en PowerPoint, Hayes dio a conocer un correo electrónico de carácter privado que envió a uno de los científicos del panel EcoRisk, profesor de la Escuela Tecnológica de Texas, en el que decía: “Estoy de acuerdo con usted en que la cuestión más importante para todos los involucrados es el hecho de tener que reconocer ( y no es una cuestión menor) que los laboratorios independientes han demostrado el efecto de la atrazina en la diferenciación de las gónadas en las ranas. Esto es algo que no se puede negar”.

La EPA encontró que los 17 estudios sobre la atrazina, incluyendo el de Hayes, tenían defectos metodológicos – contaminación de los grupos de control, variabilidad en los parámetros de valoración, cría animal inadecuada – y solicitaba que Syngenta financiase un experimento a mayor escala para obtener unos resultados más definitivos. Darcy Kelly, miembro del grupo de asesoramiento de la EPA y profesora de Biología de la Universidad de Columbia, dijo en ese momento: “No creo que la EPA tomase una decisión correcta”. Los estudios realizados por los científicos de Syngenta tenían defectos que “ponían en duda su capacidad para llevar a cabo los experimentos. No pudieron replicar los efectos, que era tan fácil como dejarse caer de un tronco”. Piensa que los experimentos de Hayes eran mucho más sólidos, aunque no estaba convencida de las explicaciones de Hayes sobre el mecanismo biológico que causaba las deformidades.

La EPA aprobó el uso de la atrazina en octubre de ese año, el mismo mes en el que la Comisión Europea optó por retirarlo del mercado. La Unión Europea, en términos generales, aplica un enfoque preventivo en los riesgos ambientales, eligiendo la moderación en un contexto de incertidumbre. En Estados Unidos, las persistentes dudas científicas justifican los retrasos en las decisiones sobre las normas de regulación. Desde mediados de los años 1960, la EPA sólo ha publicado normas que restringen el uso de 5 productos químicos industriales de los más de 80.000 que se comercializan actualmente. La Industria tiene un peso más importante en el proceso de regulación estadounidense – pueden demandar a las Agencias de Regulación si observan errores en el registro científico – y los análisis del balance costes/beneficios forman parte integral de las decisiones: se asigna un valor monetario a cada enfermedad, a los daños producidos, al acortamiento de la vida, todo ello pesa en contra de las restricciones en la comercialización de un producto químico. Lisa Heinzerling, que formaba parte del Consejo sobre políticas climáticas de la EPA en 2009 y administradora asociada a la Oficina de Políticas en 2009 y 2010, dijo que los modelos de análisis de los costes/beneficios parecen “algo objetivo y neutral, una manera de liberarse del caos de la política”. Sin embargo, a pesar de los complejos algoritmos utilizados “se ocultan una enorme cantidad de riesgos”. Añadió que la influencia de la Oficina de Administración y Presupuesto que supervisa las decisiones importantes sobre regulación, se ha hecho mayor en los últimos años. “De poco sirven los estudios científicos si finalmente deciden los análisis de coste/beneficio… todo esto tiene un efecto tremendo y desmoralizador en la cultura de la EPA”.

En el año 2003, un comité de desarrollo de Syngenta, en Basilea, aprobó una estrategia para mantener la atrazina en el mercado, “al menos hasta el año 2010”. Una presentación preparada por el Gerente de Syngenta explicaba que “necesitamos seguir comercializando la atrazina para asegurarnos nuestra posición en el mercado del maíz. Sin la atrazina no podemos defender y ampliar nuestro negocio en Estados Unidos”. Sherry Ford, Gerente de comunicaciones, escribió en su cuaderno de notas que la Empresa “no debe desprenderse de la atrazina hasta que sepamos algo más del herbicida Paraquat, que también es motivo de controversia, debido a que algunos estudios muestran que podría estar asociado con la enfermedad de Parkinson. También hizo notar que la atrazina “impedía que se pusiese la atención en otros productos”.

Syngenta empezó a mantener reuniones semanales sobre la atrazina después de la primera demanda presentada en 2004. En las reuniones estuvieron presentes toxicólogos, abogados de la Empresa, personal de comunicaciones y el Jefe de los asuntos relacionados con las normas de regulación. Para amortiguar la publicidad negativa de la demanda, el grupo discutió la forma en que podrían invalidar las investigaciones de Hayes. Sherry Ford recoge anotaciones tan curiosas como “lleva el abrigo puesto” o “¿Es el camino correcto?”. “Si Tyrone Hayes quisiera obtener resultados positivos y tuviese lo necesario, él lo habría mostrado cuando se le preguntó”. Observó que Hayes se estaba “relacionando cada vez más estrechamente con grupos de defensa del medio ambiente” y que habría que buscar la forma “de que mostrase su verdadera rostro”.

En 2005, Sherry Ford hizo una relación de métodos para desacreditarlo, como que “sus investigaciones sean auditadas por terceras partes”, “solicitar a las revistas la retractación de sus artículos”, “tendiéndole una trampa para obligarle a demandarnos”, “investigar su financiación”. “investigar a su esposa”. Las iniciales de los diferentes empleados aparecen en los márgenes, presumiblemente debido a que se les había asignado una tarea u otra. Otra serie de ideas, discutidas en varias reuniones, fue la de llevar a cabo “refutaciones sistemáticas después de todas las apariciones de Tyrone Hayes (TH)”. Uno de los consultores de comunicaciones de la Empresa dijo en un correo electrónico que quería el calendario de reuniones de Hayes, de modo que Syngenta podría “acudir a las presentaciones mostrando los errores frente a la Hoja de la Verdad”, proporcionando evidencias de que sus mensajes eran patrañas (Syngenta dice que muchas de las cosas recogidas en los documentos hechos públicos hacen referencia a ideas que nunca se llevaron a cabo).

Para redirigir la atención sobre los beneficios financieros de la atrazina, la Empresa pagó a Don Coursey, economista titular de la Harris School of Public Policy, de la Universidad de Chicago, la cantidad de 500 dólares a la hora para que estudiase cómo podría afectar a la Economía la prohibición del herbicida. En 2006, Syngenta suministro a Coursey datos y un conjunto de estudios, y corrigió su artículo, que fue presentado como un Documento de Trabajo de la Escuela de Harris (efectivamente, reveló que Syngenta le había financiado). Después de presentar un proyecto, Coursey fue advertido mediante un correo electrónico de que tenía esforzarse más en su estudio para poder articular una “una contundente declaración que se derivase de las conclusiones de su análisis”. Coursey publicó más tarde nuevos datos en un encuentro en el National Press Club, en Washington, y dijo a la audiencia que había una “cuestión muy básica: la prohibición de la atrazina a nivel nacional tendría un efecto devastador, devastador sobre la economía del maíz de Estados Unidos”.

Hayes pasó a ocupar el puesto de profesor titular en 2003, un logro que le produjo una leve depresión. Se había pasado los 10 años anteriores haciendo valer sus logros académicos, y había alcanzado cada uno de ellos. Ahora se sentía sin rumbo. Su esposa dijo que podía ver en su vida “la vida corriente de un científico de éxito”. No estaba motivado por la idea de “escribir artículos y libros, en los que sólo veía un comercio entre unos y otros”.

Empezó a dar más conferencias al año, no sólo para el público sino también para científicos, institutos de política, departamentos de historia, clínicas de salud de la mujer, preparadores de alimentos, agricultores y escuelas secundarias. Casi nunca declinó una invitación, a pesar de la distancia. Decía a su audiencia que estaba desafiando las instrucciones de su asesor, quien le había dicho: “Deje que la Ciencia hable por sí misma”. Tenía un don para contar historias sensacionales, eligiendo frases como “escena del crimen” y “castración química”, y parecía deleitarse en detalles sobre los conflictos de interés de Syngenta, presentando teorías como si estuviera relatando chismorreos a sus amigos (Syngenta escribió una carta a Hayes y su decano, señalando inexactitudes: “A medida que descubrimos nuevos errores en sus presentaciones, esperamos volver a ponernos en contacto con usted otra vez”).

En sus conferencias, Hayes notó que uno o dos hombres presentes en la audiencia vestían más elegantemente que el resto de científicos. Hacían preguntas que parecían expresamente preparadas para avergonzarle: ¿Por qué nadie puede replicar sus investigaciones? ¿Por qué no comparte sus datos? Un ex estudiante, Ali Stuart, dijo que “en todas partes había un tipo haciendo preguntas a Tyrone para burlarse de él. Le llamábamos el Hombre del Hacha”.

Hayes pensaba que estos científicos trabajaban para Syngenta, y una vez se acercó a uno de ellos en un torpe desafío. Escribió gran cantidad de correos electrónicos, informándoles de las conferencias que pensaba dar y ofreciéndoles consejos sobre cómo desacreditarle. “Usted no puede acercarse a su presa pensando como un depredador. Tiene que convertirse en su presa”. Describió un reciente viaje suyo a Carolina del Sur diciendo que “mi amigo de la infancia me informó de quién había muerto, quién se encontraba en una difícil situación, quién estaba en la cárcel”. Escribió: “He aprendido a hablar como usted (mejor que usted… como usted admite), escribir como usted (una vez más, mejor que usted)… y sin embargo no conoce a nadie como yo… aún tiene que pasar un día en mi mundo”. Después de que en un correo electrónico un grupo de presión lo caracterizase como “negro y bastante elocuente”, comenzó a firmar sus correos electrónicos: “Tyrone B. Hayes, Doctor, ABM, un negro muy elocuente”.

Syngenta empezó a preocuparse por correos electrónicos de Hayes y encargo aun contratista externo que le hiciese un perfil psicológico. En sus notas, Sherry Ford lo describió como “bipolar/ maníaco depresivo” y “paranoide esquizofrénico y narcisista”. Roger Liu, estudiante de Hayes, dijo que pensaba que Hayes escribió aquellos correos para aliviar su ansiedad. Hayes mostraba a menudo los correos electrónicos a sus estudiantes, en los que apreciaban un sentido del humor rebelde. Liu dijo: “Tyrone tenía a todos esos fans en su laboratorio, animándole. Yo era de los que desde atrás decía: “No le incitéis. No hagáis que salga la bestia””.

Syngenta intensificó su campaña de relaciones públicas en 2009, cuando empezó a mostrar su preocupación por los ecologistas, que defendían una nueva Ciencia y habían desarrollado una nueva línea de ataque. Ese año, en un artículo publicado en Acta Paediatrica, una revisión de los registros nacionales de treinta millones de nacimientos, encontró que los niños concebidos entre abril y junio, cuando son mayores las concentraciones de atrazina (mezclada con otros pesticidas) en el agua, eran más propensos a padecer defectos genitales de nacimiento. El autor del artículo, Paul Winchester, profesor de Pediatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de Indiana, recibió una citación de Syngenta, que le pidió les entregara todos los correos electrónicos que había escrito sobre la atrazina en la última década. Los medios de comunicación de la Empresa hablaron de un estudio como “la llamada de la Ciencia” que no pudo encontrar la “prueba de la carcajada”. Winchester dijo: “Por supuesto que no vamos a discutir que no he demostrado esa cuestión. Los epidemiólogos no tratan de demostrar las cuestiones, sino la de buscar los problemas”.

Unos meses después de aparecer el estudio de Winchester, The Times publicó una investigación que sugería que los niveles de atrazina superaban con frecuencia el umbral máximo permitido legalmente en el agua potable. El artículo hacía referencia a estudios anteriores publicados enEnvironmental Health Perspectives y la Revista de Cirugía Pediátrica, encontrándose que las madres que vivían cerca de fuentes de agua que contienen atrazina eran más propensas a tener bebés con bajo peso o tenían algún defecto intestinal u otros órganos.

El día de la publicación del artículo, Syngenta planeó dar cuenta de 1) todas las inexactitudes y 2) las declaraciones falsas. Ya habría alguien que refutaría tales afirmaciones. Elizabeth Whelan, Presidenta del Consejo Americano de Ciencia y Salud, que solicitó 100.000 dólares a Syngenta, apareció en MSNBC declarando que el artículo de The Times no estaba basado en evidencias científicas: “Soy una profesional de la salud. Me ha molestado mucho que The New York Times haya publicado en la primera página de su edición del domingo un artículo que habla de falsos riesgos”.

El equipo de relaciones públicas de Syngenta escribió editoriales sobre los beneficios de la atrazina y sobre la endeble Ciencia de sus críticos, y luego los envió a su aliados, que aceptaron firmarlos y aparecieron en el Washington Times, el Rochester Post-Bulletin, el Des Moines Register, y el St. Cloud Times. Como alguno de esos artículos sonaba demasiado agresivo, un consultor de Syngenta advirtió que “algunos de los términos utilizados en esos artículos sugieren su procedencia, algo que se debiera de evitar a toda costa”.

Después de que apareciese el artículo en The Times, Syngenta contrató a una consultora de comunicación, el White House Writers Group, que ha representado a más de sesenta Empresas de Fortune 500. En un correo electrónico enviado a Syngenta, Josh Gilder, un Director de la Empresa y un ex redactor de los discursos de Ronald Reagan, escribió: “ Tenemos que emprender nuestra propia batalla”. Advertía que prohibir la atrazina sería destruir la economía de las zonas rurales; por otro lado, trató de crear “un estado de cosas tal que la nueva dirección política de la EPA se sintiese cada vez más aislada”. Esta Empresa celebró “cenas con influyentes personas de Washington” y trató con miembros del Congreso para impugnar el fundamento científico en la próxima revisión de la EPA sobre la atrazina. En una nota en la que se describe la estrategia, el grupo de escritores de la Casa Blanca, escribió que: “Respecto a la Ciencia…. Hay que decir que los principales actores de Washington no entienden de Ciencia”.

En el año 2010, escribía en un correo electrónico enviado al grupo de científicos del panel EcoRisk: “Acabo de iniciar el que será el evento académico más importante de esta batalla”. Tenía otra documento que iba a ser publicado en lasActas de la Academia Nacional de Ciencias, en el que describía cómo los renacuajos machos que habían estado expuestos a la atrazina se desarrollaron para convertirse en hembras con trastornos en la fertilidad. Escribió a la Empresa para que iniciase lo antes posible otra campaña de relaciones públicas: “Es bueno saber que en este entramado económico puedo dar empleo a tantas personas”, escribió. Citó a Tupac Shakur y al rey sudafricano Shaka Zulu: “Nunca abandones la base del enemigo o regresará de nuevo para lanzarse sobre tu garganta”.

El Jefe de Seguridad de los productos de Syngenta escribió una carta al editor de las Actas de la Academia Nacional de Ciencias y al Presidente de la Academia Nacional de Ciencias, expresando su preocupación de que un “estudio con debilidades tan obvias hubiese logrado publicarse en una revista científica de tan buena reputación”. Un mes más tarde, Syngenta presentó una demanda ética ante el rector de Berkeley, alegando que los correos electrónicos de Hayes violaban las normas de conducta ética de la Universidad, sobre todo por la falta de respeto a los demás. Syngenta ha publicado más de 80 de los correos electrónicos de Hayes en su página web y envió unos cuantas en su carta al Rector. En uno de ellos, con el asunto “¿Están ustedes preparados?”, Hayes escribió: “Ya fulla my j*z right now!”. En otro, decía a los científicos de Syngenta que había estado tomando algo con sus amigos republicanos después de la conferencia, que querían saber algunos datos que había utilizado en un artículo: “As long as you followin me around, I know I’m da sh*t”, “Por cierto, dejo sus preguntas preescritas en la mesa”.

Berkeley no tomó medidas disciplinarias contra Hayes. El abogado de la Universidad recordó a Syngenta en una carta que “todas las partes tienen la misma responsabilidad en actuar de manera profesional”. David Wake dijo que había leído muchos de los correos electrónicos y los encontró “bastante jocosos”: “Les habla como a los punks en la calle, cuando ellos se ven a sí mismos como capitanes de la Industria. Cuando le dan un toque, va derecho a ellos”.

Michelle Boone, profesora de ecología de ecosistemas acuáticos de la Universidad de Miami, que formó parte del panel de asesores científicos de la EPA, dijo: “Todos seguimos el drama de Tyrone Hayes, y algunas personas habrán dicho, “Sólo debe dedicarse a cuestiones científicas”. Pero la Ciencia no habla por sí misma. La Industria tiene recursos ilimitados y un poder abusivo. Tyrone ha sido el único que ha dicho las cosas por su nombre. Sin embargo, algunas personas sienten que ha perdido buena parte de su objetividad”.

Keith Solomon, profesor emérito de la Universidad de Guelph, Ontario, que ha recibido financiación de Syngenta y que formó parte del parte del panel EcoRisk, señaló que los académicos que se niegan a recibir dinero de la Industria no son inmunes a los prejuicios, están bajo presión para producir nuevos trabajos, ya que deben conseguir cargos y promocionarse. “Si hago un ensayo miro los datos en todas las direcciones, y si no encuentro nada va a ser difícil publicar algo. Las revistas quieren excitación. Quieren que sucedan cosas desagradables”-.

Hayes, que había engordado más de 22 kilos desde que se convirtió en profesor titular, llevaba bufandas, brillantes, un elegante traje y pendientes de plata del Tíbet. Al final de sus conferencias se echaba unas rimas: “Veo una estratagema/ construida intencionalmente para ponernos en un dilema/ de modo que estoy dispuesto a resolver el problema/ para poder elegir uno u otro esquema/ y demostrar la objetividad de mi sistema”. En algunas conferencias, Hayes advirtió de las consecuencias del uso de la atrazina, que afectaban principalmente a las gentes de color: “Si usted es un negro o un hispano, es más probable que viva o trabaje en zonas en las que esté expuesto a esa basura… Por un lado estoy tratando de jugar según las reglas de la torre de marfil, y por otro lado la gente está empleando un conjunto diferente de reglas”. Syngenta habla directamente al público, mientras que los científicos publican sus investigaciones en “revistas que usted no puede comprar en Barnes and Noble”.

Hayes confiaba que en la próxima audiencia de la EPA se encontrasen las suficientes pruebas como para prohibir la atrazina, pero en el año 2010 la Agencia encontró que los estudios sobre riesgos en los seres humanos eran muy escasos. Dos años después, durante otra revisión, la EPA determinó que la atrazina no afectaba al desarrollo sexual de las ranas. En ese momento, se disponía de setenta y cinco estudios publicados sobre el tema, pero la EPA excluyó la mayor parte de ellos, debido a que no cumplían con los requisitos de calidad que la Agencia había establecido en 2003. Así que la conclusión se basaba casi exclusivamente en los estudios financiados por Syngenta y dirigidos por Werner Kloas, profesor de Endocrinología de la Universidad de Humboldt, Berlín. Uno de los coautores fue Alan Hosmer, científico de Syngenta, cuyo trabajo, de acuerdo con la evaluación de rendimiento, incluía la defensa de la atrazina e influencia en la EPA.

Después de la audiencia, dos de los expertos independientes que habían participado en el grupo de asesoramiento científico de la EPA, junto con otros quince científicos, escribieron un documento ( aún no publicado) quejándose de que la Agencia había ignorado de forma repetida las recomendaciones del panel, colocando “la salud humana y el medio ambiente a merced de la Industria… La EPA trabaja con la Industria para establecer la metodología de tales estudios, de modo que la Industria es la única institución que puede permitirse el lujo de realizar las investigaciones”. El estudio de Kloas fue el más completo de su clase: sus investigaciones habían sido examinadas por un auditor externo, y sus datos en bruto entregados a la EPA. Pero los científicos escribieron que datos sobre una sola especie “no era como para construir un edificio lo suficientemente sólido y montar sobre él una evaluación de seguridad”. Citando un artículo de Hayes, que había hecho un análisis de dieciséis estudios sobre la atrazina, escribieron que “la mejor forma de predecir si el herbicida atrazina tiene efectos significativos es mirar la fuente de financiación”.

En otro artículo publicado en Policy Perspective, Jason Rohr, un ecologista de la Universidad de Florida del Sur, que formó parte de un panel de la EPA, ha criticado las prácticas de la Industria mediante la compra de científicos al servicio de su lucrativo negocio y ponen en duda los datos de otros. Escribió que de una revisión de la literatura científica sobre la atrazina, financiada por Syngenta, no podía entender que se hubiesen falsificado más de cincuenta estudios y realizado ciento cuarenta y cuatro declaraciones inexactas o falsas, de las cuales “el 96,5% favorecían a Syngenta”. Rohr, que ha llevado a cabo varios estudios sobre la atrazina, dijo que en sus conferencias “me veía asaltado de manera regular por los compinches de Syngenta, tratando de desacreditar mi investigación. Trataban de descubrir las lagunas en la investigación, más que apreciar los efectos adversos de los productos químicos… Tengo colegas que he intentadocolaboren conmigo, pero me han dicho que no están dispuestos a entrar en este tipo de investigaciones, ya que no quieren los dolores de cabeza por la defensa constante de la credibilidad”.

Deborah Cory-Slechta, ex miembro de la Junta de Asesoramiento Científico de la EPA, dijo que pudo comprobar cómo Syngenta intentó desacreditar su trabajo. Profesora de la Universidad delRochester Medical Center, Cory-Slechta ha estudiado cómo el herbicida Paraquat puede causar daños en el sistema nervioso: “La gente de Syngenta me estuvo siguiendo en mis conferencias y no paraba de decirme que no estaba usando dosis relevantes para los humanos. Abordaban a mis estudiantes y trataban de intimidarlos. Había una campaña constante para intentar que lo que yo hacía pareciera no legítimo”.

Syngenta se ha negado repetidas veces a concedernos entrevistas, pero Ann Bryan, Gerente de Comunicaciones, me dijo en un correo electrónico que algunos de los estudios que yo citaba eran poco fiables o de escasa solidez científica. Cuando le mencioné un reciente artículo aparecido en la revista American Journal of Medical Genetic, que mostraba una asociación entre la exposición de la madre a la atrazina y la posibilidad de que su hijo tuviera un pene más pequeño, testículos no descendidos, o una deformidad en la uretra, defectos que han aumentado en las últimas décadas, dijo que el estudio había sido “revisado por científicos independientes, encontrando numerosos defectos”. Me recomendó que hablase con el autor de la revisión, David Schwartz, neurólogo, que trabaja para Innovative Science Solutions, una empresa de consultoría especializada en la defensa de los productos y en estrategias “que le darán el poder de proponer los mejores datos”. Schwartz me dijo que los estudios epidemiológicos no pueden eliminar variables confusas o hacer afirmaciones sobre la causalidad: “Hemos sido muchas veces engañados por este tipo de estudios”.

En el año 2012, como resolución de las demandas colectivas, Syngenta acordó el pago de 105 millones de dólares para indemnizar a más de un millar de sistemas de abastecimiento de agua por el coste adicional de filtrar la atrazina del agua potable, pero la Empresa negó que su comportamiento fuese premeditado. Bryan me dijo que “la atrazina no tiene efectos adversos en la salud en los niveles a los que la gente está expuesta en el mundo real… Mostró la preocupación de que se hubiese sugerido que alguna vez intentasen desacreditar a alguien. Nuestro enfoque ha sido siempre el de revelar los conocimientos científicos y dejar las cosas claras… Cada marca, cada producto, tiene su propio programa de comunicaciones. La atrazina no es diferente”.

El año pasado (se refiere al año 2013), Hayes dejó en suspenso la realización de más experimentos. Dijo que los gastos para el cuidado de los animales habían aumentado ocho veces en una década, y que no podía permitirse el lujo de mantener su programa de investigación. Acusó a la Universidad de cargarle más gastos que al resto de Departamentos de investigación. En respuesta, el Director de la oficina de atención de los animales de laboratorio, envió cartas detalladas que ilustraban que se cobraba según unas tasas estándar en todo el campus universitario, que han aumentado para todos los investigadores en los últimos años. En un artículo de opinión aparecido en la revista Forbes, Jon Entine, un periodista que aparece en los registros de Syngenta como un apoyo por parte de terceros, acusó a Hayes de dar crédito a las teorías conspiratorias, y de dirigir a la comunidad reguladora internacional hacia una búsqueda inútil, algo que linda con lo criminal.

A finales de noviembre, el laboratorio de Hayes reanudó el trabajo. Se sirvió de donaciones privadas para apoyo de sus estudiantes, más que para el pago de honorarios, pero el laboratorio empezó a acumular deudas. Dos días antes del Día de Acción de Gracias, Hayes y sus estudiantes discutieron su plan de vacaciones. Llevaba una sudadera naranja de gran tamaño, pantalones cortos y zapatillas de deporte, y una antigua alumna, Diana Salazar Guerrero, comía patatas fritas que había dejado otro estudiante sobre la mesa. Hayes la animó a acudir a la cena de Acción de Gracias y acudir a la habitación de su hijo, que ahora es estudiante en Oberlin. Guerrero acaba de entregar la mitad del depósito del alquiler de un nuevo apartamento, y Hayes se sintió un tanto perturbado por la descripción de su nuevo compañero de apartamento: “¿Estás segura de que puedes confiar en él?”

Hayes acababa de regresar de Mar del Plata, Argentina. Había hecho un viaje de quince horas y conducido doscientas cincuenta millas para dar una conferencia de treinta minutos sobre la atrazina. Guerrero dijo: “Ahora que había más científicos documentándose sobre la atrazina, supuse que estaría dispuesto a seguir adelante. Al principio era un tipo loco de Berkeley… pero ahora las cosas están cambiando”.

En un reciente artículo aparecido en Journal of Steroid Biochemistry and Molecular Biology, Hayes y otros veintiún científicos, aplicando los criterios de Sir Austin Bradford Hill, quien en 1965 se refirió a las condiciones necesarias para establecer una relación causal, en este caso entre los estudios de la atrazina y diferentes clases de vertebrados, argumentaron que los estudios independientes mostraban de manera consistente que la atrazina perturba el desarrollo reproductivo de los machos. El laboratorio de Hayes estaba trabajando en otros dos estudios que exploraban cómo la atrazina afecta al comportamiento sexual de las ranas. Cuando le pregunté que haría si la EPA, que estaba llevando a cabo otra revisión de seguridad de la atrazina, y prohibiese el herbicida, bromeó diciendo: “probablemente me vuelva a deprimir”.

No hace mucho tiempo, Hayes vio lo que decía de él mismo la Wikipedia, observando una falta de respeto, y no estaba seguro de si se trataba de un ataque por parte de Syngenta o si simplemente había gente que pensaba que hacía mal las cosas. Se sintió deprimido cuando se acordó de los argumentos que había empleado con los expertos financiados por Syngenta: “Una cosa es que estén en desacuerdo con mis planteamientos científicos o que crean que estoy dando la alarma sobre algo que no debiera. Pero ni siquiera tienen sus propias opiniones. Pagan porque alguien tome una determinada postura”. Se preguntó si había algo inherentemente desquiciado en la denuncia de irregularidades; tal vez los locos persisten. Estaba preparado para la lucha, pero parecía buscar a su oponente.

Uno de los primeros estudiantes graduados, Nigel Noriega, que dirige una organización dedicada a la conservación de los bosques tropicales, me dijo que todavía se estaba recuperando de la experiencia de la investigación de la atrazina, de eso hace ya una década. Veía la Ciencia como una cultura rígida, “un club selecto, una sociedad de la élite… pero Tyrone no se ajustaba al estándar de lo que se considera un científico”. Noriega, preocupado porque la gente sepa muy poco del contexto en el que se dan los descubrimientos científicos, dijo: “No es provechoso para nadie pensar que los científicos han de ser autoritarios. Un buen científico pasa toda su vida cuestionando sus propios descubrimientos. Una de las cosas más peligrosas que puede hacer es tener fe”.

Procedencia del artículo:

http://www.newyorker.com/magazine/2014/02/10/a-valuable-reputation

Art. n°02

 

600 toneladas de problemas hormonales

La atrazina, las malezas resistentes y el agua que tomamos

La atrazina es un herbicida que se utiliza para el control de malezas anuales y gramíneas perennes. Actúa inhibiendo la fotosíntesis y otros procesos enzimáticos. Es uno de los herbicidas más usados a nivel mundial. Sin embargo se encuentra prohibido en la Unión Europea desde el año 2006.

En Uruguay es el segundo herbicida más importado en los últimos años luego del glifosato. Se la utiliza en cultivos de soja para controlar el trébol blanco (1) y otras “malezas” que han desarrollado resistencia al glifosato, fenómeno incipiente en nuestro país pero bastante más desarrollado en la Argentina (2). En cultivos de maíz, sola o mezclada con glifosato, se utiliza para el control de la “Margarita de Piria”, declarada plaga nacional en el año 2004 (3). El cultivo de maíz es particularmente dependiente de la utilización de atrazina (4).

De la mano de la expansión de las áreas plantadas de soja y maíz que se ha dado en los últimos años en nuestro país, se ha registrado un aumento constante en las importaciones de atrazina. Se vende bajo 21 denominaciones comerciales diferentes, algunas de las cuales contienen hasta un 90% de atrazina pura. Durante el 2007, ingresaron al país 650 toneladas de atrazina, lo que representa un aumento de casi un 600% en 5 años.

Elaboración propia en base a datos de Dpto. Control de Insumos de la DGSA/MGAP


¿A qué estamos expuestos?

Hace ya algunos años, fue demostrado que la atrazina puede causar anormalidades sexuales en las poblaciones de ranas, incluyendo hermafrodismo (5), a raíz de sus características de disruptor endócrino. Ya en ese entonces se sospechaba que la atrazina podía tener efectos similares en otros organismos, incluido el ser humano. Un resiente estudio lo demostró.

En un artículo publicado en mayo de este año (6), un grupo de investigadores de la Universidad de California informaron sobre una serie de experimentos que vincularon definitivamente a la atrazina con disrupciones endócrinas en peces y en seres humanos.

El estudio encontró que la exposición a atrazina “feminiza” a los peces. El experimento consistió en la exposición durante 48 horas a los niveles de atrazina que se suelen encontrar en las aguas de escorrentía agrícola *. Esas exposiciones produjeron la eclosión del doble de peces hembra que de peces macho. En palabras de Holly Ingraham, una de las autoras del estudio, los peces usados en el estudio “son muy sensibles a los disruptores endócrinos químicos, por lo que uno podría tomarlos como “centinelas” de potenciales peligros para el desarrollo humano” (7).

De hecho, se llevaron a cabo estudios paralelos con células humanas en cultivo. Los investigadores encontraron que la atrazina pone en funcionamiento de un modo anormal, a varios genes. Los genes activados por la atrazina están involucrados en procesos hormonales y en la capacidad para producir esteroides **. Las células especializadas en producir esteroides (aquellas en las que los genes activados realmente se expresan) resultaron ser especialmente sensibles a la exposición a atrazina. Cabe acotar que muchas de las hormonas sexuales humanas son esteroides, por lo que es la producción y el funcionamiento normal de las hormonas sexuales la que es afectada por la atrazina.

Lo más preocupante del estudio fue que la atrazina afectó las células humanas a niveles extremadamente bajos. Los investigadores encontraron efectos negativos para las células humanas con exposiciones a concentraciones tan bajas como 2 microgramos por litro.

En Uruguay el límite permitido por el Estado de residuos de atrazina en el agua potable es de 3 microgramos por litro (8). Esto es, se permite más cantidad de atrazina en el agua potable que la suficiente para provocar efectos detectables en los seres humanos.

La vida media de la atrazina en el suelo puede alcanzar los 260 días (9), tiempo más que suficiente para que sus residuos sean arrastrados por el agua de lluvia y se acumulen en diversas fuentes de agua. Incluyendo las tomas de agua potable, por supuesto.

¿Qué aseguran los “niveles seguros”?

Una vez más, el avance en las investigaciones científicas demuestra que niveles de residuos de agrotóxicos considerados “seguros” para la salud humana, finalmente no eran nada seguros. Jamás hemos vivido la situación inversa; nunca se demostró que fuese inocuo un agrotóxico considerado previamente peligroso. Una y otra vez sucede lo contrario; se descubre que hemos estado expuestos a niveles de agrotóxicos erróneamente considerados “seguros”.

Cabe suponer que a raíz de los recientes hallazgos científicos, los niveles permitidos de atrazina en el agua potable serán corregidos rápidamente por las autoridades de nuestro país. Se establecerán así nuevos valores, más bajos que los actuales, que supuestamente no representan peligro para la salud humana. Al menos según lo que la ciencia sabe al día de hoy. ¿Y si como sucede siempre, dentro de un tiempo vuelve a demostrarse que los valores “seguros” no eran tan seguros?

Dado que nadie tiene la certeza de si esto sucederá o no, ¿que hacer? Si se quiere realmente asegurar el derecho a la salud de la población y la calidad del agua potable, el camino podría ser aplicar el principio de precaución y prohibir la utilización de todos los agrotóxicos peligrosos para el ser humano.

En cambio, si el Estado evalúa que el derecho de la gente a la salud debe ceder terreno a otros “derechos”, como el derecho al lucro de los fabricantes de agrotóxicos o el derecho a una mayor rentabilidad en los agronegocios, el camino es el mismo de siempre: ir ajustando a la baja los niveles “seguros” de residuos de agrotóxicos cada vez que se descubre que son más peligrosos de lo que se creía.

 

Flavio Pazos
RAP-AL Uruguay – Junio 2008


Notas

* La escorrentía es la altura en milímetros de agua de lluvia escurrida y extendida dependiendo de la pendiente del terreno. Normalmente se considera como la precipitación menos la evapotranspiración real y la infiltración del sistema suelo – cobertura vegetal.

**Los esteroides son moléculas que se sintetizan a partir del colesterol y cumplen diversas funciones reguladoras y hormonales en diferentes organismos, entre ellos el ser humano

Referencias

1 – Soja transgénica y sus impactos en Uruguay La nueva Colonización. Autores Varios. Editado por RAP-AL Uruguay. 2008.
2 – Boletín Nº 1 – Malezas – INTA – Argentina, 2004
Disponible en: www.inta.gov.ar/manfredi/info/documentos/docprodveg/malezas/BOLETIN-1-Malezas.pdf
3 – Campaña para el control de Margarita de Piria – Amalia Rios, INIA La Estanzuela
Disponible en: http://www.inia.org.uy/publicaciones/documentos/le/ad/2005/ad_428.pdf
4 – La tragedia social y ecológica de la producción de biocombustibles en las Américas – Miguel A. Altieri, Elizabeth Bravo
Disponible en: http://www.lahaine.org/index.php?p=31185
5 – Hermaphroditic, demasculinized frogs after exposure to the herbicide, atrazine, at low ecologically relevant doses. Proceedings of the National Academy of Sciences Hayes, TB – 2002.
6 – The Herbicide Atrazine Activates Endocrine Gene Networks via Non-Steroidal NR5A Nuclear Receptors in Fish and Mammalian Cells – Miyuki Suzawa, Holly A. Ingraham
Disponible en: http://www.plosone.org/article/info:doi%2F10.1371%2Fjournal.pone.0002117
7 – Hormone Activity In Cell Studies. ScienceDaily. Junio 23, 2008,
Disponible en: http://www.sciencedaily.com /releases/2008/05/080507084013.htm
8 – Norma interna de calidad de agua potable – Administración de las Obras Sanitarias del Estado
– diciembre 2006
Disponible en http://www.ose.com.uy/descargas/Clientes/Reglamentos/nicap.PDF
9 – Interim Reregistration Eligibility Decision for Atrazine, EPA, Enero 2003.
Disponible en: http://www.epa.gov/oppsrrd1/REDs/atrazine_combined_docs.pdf